Plaga de faltosos


La falta de respeto a los demás es un clásico de la sociedad española. No digo que seamos los mejores ni los peores en esto, algo parecido a nuestro papel en las olimpiadas. Ni tampoco que los faltosos sean mayoría, aunque sí legión vocinglera. Sin llegar a ser delincuencia, la faltosería toca mucho las narices prácticamente a todo el mundo. Con cuatro o cinco ejemplos que todos podemos ver a diario, y que se sonrojen si son capaces los que se sientan aludidos, queda más que clara la frecuencia del asunto. En primer lugar y de nuevo, el idiota del perrito: el que lleva el perro suelto sin preocuparse de si el animal asusta a los niños, adultos o a otros perros. Este espécimen, el idiota digo, tampoco se molesta en recoger las cagadas en medio de la acera. La policía municipal de Oviedo, cuando está a la vista, que es más bien poco, no hace ni ademán de decirle algo al individuo. Y eso que a veces se trata de un perro peligroso sin bozal.

En segundo lugar, el faltoso del aparcamiento. Todos los días, y subrayo todos, soporto a los caraduras que aparcan en la parada de autobús escolar, en los pasos de cebra o en los huecos para minusválidos. Es, digamos, el coto privado de los jetas de mármol de Oviedo. Ven el hueco y se apoltronan aunque sean conscientes de que están molestando. Ni se inmutan. Y cuidado con decirles nada; lógicamente se ponen más faltosos aún.

Son dos ejemplos tan abundantes como el agua del mar. Pero a nada que uno piense un poco salen docenas más: los profesionales de colarse en cualquier cosa que requiera espera y paciencia, los del coche con la música que nadie quiere oír, a todo volumen; los que avasallan en las rotondas, los que dan voces a la mínima frente a una ventanilla; a menudo también los que ponen cara de perro detrás de la ventanilla. Los que no son capaces de ceder un asiento a una persona mayor en el autobús, los que no tiran de la cadena en los baños públicos. Esos bobos que no callan en el cine, y los otros que empujan y dan codazos en la cabalgata de Reyes. En fin, un no parar. Llámenme quisquilloso, pero hay días en los que uno desearía que unos cuantos hubieran recibido en su casa un poco de buen ejemplo en lugar de bofetadas. O más bofetadas a tiempo, si acaso.

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