Cambio de hora


Como diría Isabel Coixet, nadie quiere la noche. Se acerca ese momento en el que una madrugada del año gana una hora de tiempo y, a cambio, todas las tardes de invierno pierden su luz. Es extraño. Aunque no tanto como conducir por el norte de Suecia en junio y ver que aprovechan la claridad de las dos de la mañana para reparar esas grietas que dejan en la carretera las garras del invierno. O comprobar cómo el sol resiste a la media noche sobre las casitas de las islas Lofoten, en Noruega. ¿Y qué decir de los días de invierno en los que la oscuridad no da tregua en estos países? Eso sí que es una locura. Hay lugares del mundo en los que amanece y oscurece de forma mucho más disciplinada, prácticamente a la misma hora durante todo el año. Si en esa distribución casi inamovible de luz y oscuridad residiera la clave del bienestar, la vida tendría que ser mucho más fácil en Somalia o en el Congo que en los países nórdicos. Nada indica que así sea. Sin embargo, parece como si aquí un cambio horario fuera a iluminar nuestra existencia. Ahí están los diputados del Parlamento balear, votando por unanimidad para agarrarse al horario de verano. ¿Y el resto? ¿Los hábitos? ¿La organización? ¿La racionalización? Pues se supone que todo eso caerá en tromba del cielo cuando se abran las compuertas del dichoso reloj. Queda, por tanto, sonreír y esperar. Como ese niño keniano de Kibera, en los suburbios de Nairobi, ese pequeño que, a pesar de la distribución equilibrada de las horas de luz que le brinda cada jornada la naturaleza, se ve obligado a mendigar. Y recibe una simple moneda de dos euros como si fuera el mismísimo sol.

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