Cobras varias


Lo que gusta en España una telenovela. Bisbal y Chenoa, en directo, son el solomillo del culebrón patrio. La supuesta traición, el presunto reencuentro y la hipotética cobra. Millones de ojos en las pantallas. Millones de dedos también en las pantallas. Sale humo de la cacharela digital. No es de extrañar. Los primeros triunfitos fueron los becerros de oro del inicio de siglo, los hijos de los tiempos de las vacas gordas. Deslumbrados por los focos, con aquella ambición tirando a inocentona. Entonces todo parecía posible. Después, con el paso del tiempo, se nos fue confirmando que, efectivamente, sucedían cosas difíciles de creer. En enero del 2002, Televisión Española evitaba que el resumen de Operación triunfo, en La 2, coincidiera con la entrevista de Urdaci a Aznar, en La 1. En marzo, Rosa de España compartía titulares con la futura Ley de Calidad de la enseñanza: «Los estudiantes tendrán cuatro intentos para pasar la reválida». Efectivamente, estábamos ya enredados en las reválidas, que cualquiera diría que fueran los pilares de la tierra en cuestión de educación. Ironías de la vida, la granadina fue seleccionada para participar en Eurovisión en mayo, con la canción Europe’s living a celebration. En el horizonte del viejo continente no se divisaban los recortes, parecía una enfermedad de países pobres. Ni se oteaban masacres yihadistas, que se antojaban un problema estadounidense. Ni se adivinaba el brexit, palabra que ni siquiera conocíamos.

El pasado lunes, con mal sonido, alguna que otra nariz nueva, más notas desafinadas de la cuenta, y un hojaldre de sueños rotos y cumplidos, la escena navegaba entre la nostalgia y el sonrojo. Porque era una gigantesca metáfora de los últimos quince años. La cobra somos nosotros.

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