Los jardines


Un murmullo de fondo, trufado de gritos y risas. El atasco peatonal en la acera o en la plaza. La alfombra de bolsas y vasos de plástico. El crujir brillante del cristal bajo los pies. El olor agrio a bebida que fermenta. La colorida flor del vómito abriéndose en el suelo. La papelera que ya no puede vomitar más. La orina que aromatiza la esquina próxima y el callejón cercano. El césped tras el paso de la caballería ligera. El arbusto desaliñado, como si acabara de levantarse. La resaca paisajística matinal. Eso es lo que preocupaba hasta ahora. Las cenizas de la liturgia y no los daños perdurables del fuego. Los restos de la batalla ensuciando los jardines. Los heridos de la guerra quedaban en un segundo plano. Hasta que una niña de 12 años se bebió la vida a tragos apurando una botella de vodka. Y es entonces cuando los estómagos se revuelven de verdad. Hasta ahora el botellón parecía un pecado venial, una convención social en versión imberbe y callejera. Un pactado regate al pub y al sistema. Bueno, niño, bébete el ron con cola, que miramos para otro lado, pero no des la murga, no pises la hierba recién cortada, no molestes al vecino del segundo, no hagas mucho destrozo. ¿Quién no se ha tomado una copa en su juventud? ¿Por qué no pueden achisparse los chavales? ¿A quién le amarga un chupito? Pero las fronteras de la adolescencia van recortando cada vez más terreno a la niñez. Todo cambia si las compuertas de la juventud se abren, de repente, a los 12 años. Después del susto, quizás sigamos recreándonos en los árboles mientras se quema parte del bosque.

Si fueran solo los deberes. Si fueran solo los jardines...

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