Letanías


De la humilde radio del Renault 5 brotaba aquella voz. Pero parecía salir del motor de las profundidades. ¿A qué sabía aquella voz? Más tarde, el paso de los años y las primaveras encontraron un respuesta. Café cargado y caliente. Familiar. Reconfortante. Y amargo. Más tarde, los años y los veranos escribirían otra respuesta. Hallelujah, elevada hacia el cielo azul desde la soledad del músico callejero de Santa Mónica, era la brisa que le faltaba a Los Ángeles en un día de sol. Más tarde, con la suma de los otoños, llegó otra solución al acertijo. Era el aroma a madera. El olor a cedro de su vieja guitarra española, como recordó en los Príncipe de Asturias. Allí mencionó al español que le dio tres clases de guitarra en Montreal. Aquel chico que al cuarto día ya no apareció porque se había suicidado. Pero antes le había confiado a Cohen los seis acordes sobre los que el canadiense erigió sus letanías. Más tarde, con el paso de un puñado de inviernos, la vida volvió a levantarse en armas. En la derrotada Atenas que esperaba a Tsipras, todos sabían que ya no había lugar para el triunfo. Pero la plaza Omonia fue invadida por el First We Take Manhattan (Then We Take Berlin) y nunca tan dulce sonó esa mentira. Todos la creyeron durante unos segundos. O no. Simplemente quisieron creerla. Porque el hijo del rabino te daba la absolución con cada canción. Unas veces bendiciendo el amor y otras el dolor. Resistiendo las estaciones. Como Democracy: De las sirenas sonando noche y día / de las hogueras de los sintecho / de las cenizas de los homosexuales. / La democracia está llegando a los Estados Unidos.

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