Una seria advertencia


Quizá lo único positivo de la victoria de Donald Trump es que no he tenido que escuchar ni leer la recurrente majadería de que el pueblo tiene siempre la razón. En esta ocasión hubiera sido especialmente grotesca porque el pueblo votó mayoritariamente a Hillary Clinton, aunque el arcaico sistema de sufragio indirecto, que sobrevive desde el siglo XVIII, haya llevado al señor Trump a la Casa Blanca. Poco más de 59 millones votaron por él en un país de 320 millones de habitantes, 220.000 menos de los que lo hicieron por la «derrotada». Esto no quita legitimidad al nuevo presidente, el sistema puede ser malo, pero los dos contendientes aceptaron las reglas con las que se jugaba. Eso sí, los analistas deberían ser más prudentes a la hora de valorar los supuestos deseos del pueblo norteamericano y sorprenderse menos de que la elección del histriónico empresario haya provocado protestas callejeras. Él mismo debería asumir la presidencia con cierta prudencia, sus primeras declaraciones parecen ir por ese camino, pero habrá que esperar a que comience a gobernar, ya ha demostrado que puede sostener una cosa un día y la contraria al siguiente.

Los demócratas han perdido seis millones de votos que no han ido al candidato republicano, el menos votado de los últimos años. Un primer motivo de reflexión debería ser que la abstención puede facilitar el triunfo de la opción más peligrosa. En los grandes países, la democracia obliga con frecuencia a elegir entre alternativas insatisfactorias, pero nunca son todas iguales. En cualquier caso, 59 millones de sufragios son demasiados para un tipo como Donald Trump. Son una prueba del profundo malestar social. Sorprende que los mismos medios que llevaban semanas relatando las acentuadas desigualdades de la sociedad norteamericana, como numerosas ciudades se han vaciado por el cierre de industrias, que los salarios no permiten, incluso con pluriempleo, una vida digna, se extrañen con el voto de castigo.

Con un paro que ronda el 5%, una inflación muy baja y un crecimiento del PIB interanual cercano al 3%, la situación no se parece ni remotamente a la de la Alemania de los años treinta, pero una buena parte de la población ve como su nivel de vida ha disminuido y no tiene perspectivas de que vaya a recuperarse. Los jóvenes no están condenados al paro, pero sí al subempleo. Algo no muy diferente a lo que sucede en la mayor parte de Europa, aunque con mayor gravedad en países como España o Grecia, donde el paro sí es muy elevado. Los políticos tradicionales son vistos cada vez más, a uno y otro lado del Atlántico, como una casta alejada de la gente que solo mira por su supervivencia y, con demasiada frecuencia, busca el enriquecimiento personal e incluso cae en la corrupción. Sus discursos, que parecen hechos por un mismo redactor universal, suenan a palabras vacías que aburren por repetidas.

La percepción de que la globalización ha beneficiado solo a una minoría cada vez más rica y poderosa y ha supuesto una pérdida de soberanía de los Estados que impide controlar al poder económico se vio reforzada con la crisis y cada vez está más extendida. El proteccionismo no es una alternativa, quizá EEUU pueda permitírselo, pero muchas de sus empresas sufrirían con la caída de las exportaciones y los precios subirían inevitablemente. Las negativas consecuencias en la economía mundial también repercutirían allí. Los países europeos y el resto del mundo no pueden ni planteárselo. Eso no quita que no deban buscarse medidas que aumenten el control sobre las multinacionales, eviten el dumping social y limiten las deslocalizaciones de empresas.

No se trata de justificar el éxito de Trump, pero sí de explicarlo y de buscar alternativas que impidan que el ejemplo se extienda por el resto del mundo. La alegría de la extrema derecha europea es más que una anécdota, se trata de una seria amenaza, especialmente después del «brexit» y con gobiernos como los de Polonia y Hungría.

Desde luego, hay más factores que deben ser tenidos en cuenta. Que un iletrado que balbucea más que habla, soez, machista, xenófobo, incoherente en sus planteamientos, histriónico y autoritario, un millonario evasor de impuestos, haya logrado ese respaldo se debe también a la escasa formación de unos ciudadanos sometidos a un degradado sistema educativo, que solo es bueno para la minoría más acomodada y escasísimos jóvenes brillantes que logran, gracias a becas, romper la barrera que supone la carísima enseñanza privada. El crecimiento del integrismo religioso y el culto público a la ignorancia son características complementarias de una sociedad que ha abandonado lo mejor de la tradición ilustrada y liberal. Hoy es solo una parte de un país tan extenso y complejo como EEUU, lo malo es que se expande.

Los escasos columnistas que en la prensa madrileña muestran estos días júbilo por la victoria de Trump son los son los ya conocidos por su soez misoginia, la consideran una derrota del feminismo; puede que el machismo no haya jugado un papel menor en el voto contra Hillary Clinton, más que a favor del deslenguado millonario.

Trump, que tenía el apoyo de la omnipresente cadena Fox y los demás medios de Murdoch, sectarios sin paliativos, se quejaba de que otros fuesen críticos con él. No deja de recordar a España, donde tantos claman porque una cadena de televisión y un par de diarios digitales no son hostiles a Podemos, cuando toda la prensa madrileña es extremadamente combativa contra ellos, el gobierno controla los medios públicos y el resto de emisoras y cadenas de televisión oscilan entre la abierta hostilidad y la limitada beligerancia. Curiosa forma de entender la libertad de información. Esa es también la obsesión de Orban, de Erdogan o del PIS polaco y era la de Berlusconi: dominar los medios para controlar la opinión. Queda Internet, por eso está en el punto de mira.

Definir a Trump como fascista es una licencia poco útil para comprender lo que está sucediendo y que puede volverse en contra de quienes lo hacen cuando dentro de cuatro años o, a lo sumo, ocho llegue un nuevo presidente a la Casa Blanca. El Partido Republicano no es una disciplinada fuerza de choque, ni siquiera tiene militantes al estilo europeo, y es ideológicamente bastante plural. Nadie en sus cabales puede pensar que va a convertirse en el sustento de un Estado totalitario. Al contrario, su pluralidad y que no exista disciplina de voto obligará a Trump a negociar en el Congreso para sacar adelante sus nombramientos y leyes, no es imposible que el sector más moderado de su partido coincida en propuestas y votaciones con los demócratas. Resulta innecesario distorsionar el significado de los términos, es lo que hacían Franco o Berlusconi cuando llamaban comunista a todo el que se les oponía, quizá pueda tener cierto efecto propagandístico, pero no sirve para el debate político serio, menos para el académico.

Lo importante es que el nuevo populismo reaccionario, que en Europa sí se asienta sobre partidos militantes y homogéneos, representa un peligro serio para las libertades y los derechos humanos. El racismo y la xenofobia son inmorales y amenazan a los más débiles, a los inmigrantes y las minorías que con frecuencia carecen incluso de la ciudadanía. El nacionalismo es un riesgo para las relaciones entre los pueblos y la economía mundial y supone una seria amenaza para la paz, especialmente si se combina con el integrismo religioso. Los ya escasísimos demócratas liberales y las izquierdas tienen la obligación de cambiar su forma de hacer política y de recuperar el apoyo popular. Es imprescindible que vuelvan a entrar en contacto con la gente, a responder a sus preocupaciones y a sus necesidades, y que hagan pedagogía. Para ello deben renovarse y librarse de arribistas y corruptos, abrirse a la sociedad y dejar de concebir la actividad política como un «cursus honorum» para profesionales.

Tampoco hay que caer en espejismos, es fácil decir ahora que Sanders hubiera obtenido mejor resultado. No lo considero un radical, pero EEUU no es Europa, McGovern fue arrollado por un reaccionario tan poco brillante como Nixon. La alternativa a la extrema derecha populista debe ser firme en valores y principios, atractiva en las propuestas, pero lo suficientemente pragmática como para lograr un amplio apoyo social, si no será incapaz de convertirse en opción de gobierno. Ya que tanto se vuelve a hablar de los años treinta, el fracaso del sectarismo comunista para frenar a Hitler condujo a Stalin, que sí sabía ser pragmático, a aparcar la revolución mundial y girar hacia la estrategia de los frentes populares.

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