Hail Trump!


Se pregunta si «esa gente», los que no son los suyos, «son realmente gente». El público ríe. Pide una «limpieza étnica», pero pacífica. Uno se imagina escuadrones de limpieza armados con guantes, bata blanca y desinfectante con olor a lavanda. Los presentes aplauden. Llama a los medios «lügenpress», prensa mentirosa. Asegura que el suyo «es un país blanco», levantado por su raza y que solo a ella le pertenece (obviemos, claro está, la historia más antigua y la más reciente). Espera el amanecer de una nueva sociedad, de «un etno Estado». Los asistentes se levantan de sus sillas. No es Hitler hablando sobre Alemania en la cervecería Hofbräuhaus de Múnich en los años treinta. Es Richard Spencer, en Washington, hoy en día, refiriéndose a Estados Unidos. Spencer, expulsado de Hungría por organizar una de sus amenas reuniones, es uno de los teóricos de la extrema derecha americana. Pero no quiere que se le etiquete así. Prefiere alt-right, derecha alternativa. Los ultras son como lanzallamas de porcelana. Pueden disparar con bala de cañón aunque ellos no admitan ni el roce de una pluma. Cargan contra el lenguaje políticamente correcto, pero se cobijan entre un colchón y una manta de palabras. A la ignorancia hay que llamarla creacionismo. Los racistas son supremacistas. Y los que defienden los matrimonios para exculpar al violador son hombres de valores tradicionales. Tiene que ser complicado buscar una palabra suave para los que saludan el dominio de los arios con el brazo levantado y la mano extendida mientras gritan «Hail Trump!». Corre el riesgo de que «esa gente que no es gente» empiece a llamar a las cosas por su nombre.

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Hail Trump!