Un minuto de silencio


Nunca me gustó Rita Barberá. Ni su fondo ni sus formas. Jamás vi en ella otra cosa que una digna representante de la política de trastienda y mesa camilla, un estandarte de ese populismo que ha venido deambulando por la cosa pública desde que el mundo es mundo y que algunos parecen haber descubierto en estos tiempos perversos cuando es, en realidad, más viejo que el hambre. A Rita Barberá le han criticado, con razón, sus excesos; le han denunciado sus chanchullos, ideológicos y morales, y la acabaron desahuciando de una Alcaldía en la que había hecho y deshecho a su antojo durante más años de los recomendables y desde donde acometió gestos muy feos que despertaron serias dudas sobre su capacidad para empatizar con sus semejantes. Dicho esto, cabe añadir que, aunque dueña de una concepción muy peculiar y muy discutible de lo que debe ser un servidor público, Rita Barberá estuvo ahí gracias a los votos que consiguió, en buena lid, en las elecciones de las que salió victoriosa, y aunque anduvo hasta el final metida en asuntos bastante turbios no cometió, que se sepa, crímenes de lesa humanidad. Rita Barberá era, además de todo lo anterior, una persona. Y, como era una persona, el otro día se murió.

Hubo quienes rechazaron participar en el minuto de silencio que guardó en su memoria el Congreso de los Diputados porque entendió que se trataba de un homenaje político. Al margen de que yo crea que lo que realmente pensaron fue que esa determinación les permitiría ocupar varios minutos de gloria en los telediarios, me parece una interpretación muy discutible. Minutos de silencio se guardan muchos y muy a menudo, desgraciadamente, y rara vez homenajean la trayectoria de los difuntos, en muchos casos desconocida. En realidad, se dirigen menos al muerto que a sus familiares y allegados, como señal de respeto o de solidaridad por el dolor que sucede a la pérdida. Tampoco vale decir que Rita Barberá estaba enfangada hasta las cejas, porque la presunción de inocencia, que todo Dios reclama para sí cuando se ve en apuros, rige para tirios y troyanos. Es verdad que en el hemiciclo no se le dedicó ese gesto a Labordeta, y es verdad que mal estuvo, pero no es menos cierto que, si uno quiere demostrar superioridad moral sobre el adversario, lo primero que debe hacer es no parecerse a él en nada. La muerte no es un marco político; es una circunstancia natural y, sobre todo, una putada de la que no se libra nadie. El miércoles por la mañana Rita Barberá no era una senadora aforada, ni una exalcaldesa puesta en cuestión por sus tejemanejes: era, principalmente, una mujer que acababa de morir sola en un cuarto de hotel, para estupor y tristeza de su familia más próxima. Denegar sesenta segundos de respeto por un dolor ajeno puede demostrar un gran arrojo político, pero pone muy en cuestión la calidad humana. O, cuando menos, evidencia la incapacidad para según qué cosas. Se lo escuché en el día de autos a un par de jubilados que estaban de cháchara en un banco del parque: «¿Cómo van a guardar un minuto de silencio esos, si no se callan ni debajo del agua?»     

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