Desmontando mentiras, bulos y otras zarandajas acerca de los deberes


Ha finalizado la campaña de deberes del mes de noviembre y es momento de hacer balance. Antes de nada quiero agradecer a todos los docentes asturianos su apoyo, comprensión y respeto hacia las familias ante esta campaña de reflexión sobre los deberes escolares tradicionales enviados para hacer en el domicilio familiar. 

Durante estas cuatro semanas se han escrito multitud de opiniones de personas que se han postulado a favor o en contra de los deberes. Con esta campaña, nuestra organización ha pretendido que la sociedad reflexione sobre las consecuencias que tienen los deberes en el alumnado y las familias y, aunque no es nuestro estilo polemizar en los medios, han sido tantos los ataques injustos y fuera de tono, que es mi obligación, como representante de esta entidad aclarar conceptos y dimensionar las cosas adecuadamente, lejos del «griterío de autoridad ofendida» con el que nos levantamos casi todos los días de este mes de noviembre. 

Un discurso caduco

Es comprensible que haya algún docente, sindicato, político, columnista o padre, que quiere que las cosas sigan eternamente igual para que nada cambie y nadie pueda cuestionar su concepto de sociedad, su forma de impartir las clases o sus normas; pero la situación es tal que tenemos que llamar a las cosas por su nombre y no dejarnos apabullar por un discurso caduco, a veces mal intencionado y sectario.

A estas personas que nos referimos -aunque algunos piensen que son gurús de la educación y baluartes del saber exquisito-, les recordamos que los docentes son trabajadores de la enseñanza y, para nosotros, tan dignos como cualquier otra profesión ya que estas son todas dignas en sí y  los trabajadores debemos encargarnos de que sigan siéndolo. A estos trabajadores, compañeros de viaje de nuestros hijos e hijas, les hemos apoyado siempre en sus reivindicaciones comprendiendo los motivos de sus quejas, e incluso no comprendiéndolos, ya que sigue habiendo una creencia extendida entre la sociedad acerca de sus «excesivos derechos, sus vacaciones desmesuradas y su horario incomparable con cualquier otra profesión».

Los docentes tienen derecho a defender sus condiciones laborales, sus derechos como trabajadores, pero hay que recordar que también tienen obligaciones como son la buena docencia, la objetividad en el aula, el buen hacer, la formación permanente para ofrecer en cada momento lo mejor a su alumnado, su evaluación profesional para demostrar que está realizando el trabajo correctamente, la protección del menor mientras está a su cargo, el respeto a todos los miembros de la comunidad educativa, etc.

Entre los derechos de los trabajadores de la educación no está el de imponer, ni a su alumnado ni a las familias, trabajo fuera del horario escolar sin nuestro consentimiento. En nuestra vida privada y en horario familiar no puede imponernos nadie «deberes» alegando «autonomía pedagógica y organizativa de los centros educativos, la libertad de cátedra o el eslogan dejadnos dar clase» como hace un sindicato de docentes. (Por cierto, el mismo sindicato que desprecia continuamente a las familias y considera a su alumnado cuasi delincuente apelando día tras día a la necesidad de hacer valer la ley de autoridad).

Claro que os dejamos dar clase, faltaría más, ya que es vuestro trabajo y por el que cobráis todos los meses. No solo «os dejamos dar clase» que repito es vuestro trabajo, sino que además tenéis que hacerlo tan bien como cualquier otro trabajador. En este caso con más motivo, porque no trabajáis con cualquier cosa, sino que ponemos en vuestras manos lo que más queremos: nuestros hijos e hijas.

La losa de la LOMCE

Somos conscientes que no todos los docentes son iguales y a la mayoría les ha caído encima la LOMCE como una losa -nos ha caído a todos-. esto ha servido para que muchos luchemos juntos por los derechos de todos y solo unos pocos vean esta ley como su tabla de salvación para imponer sus argumentos agonizantes. Os recuerdo que las mismas familias a las que hace pocas semanas alababais, somos las que os pedimos reflexión sobre la metodología. No somos extraños, somos nosotros, y todos formamos parte de la comunidad educativa.

Estamos intentando explicar a la sociedad, que el sistema educativo está caduco, muchos de nuestros modelos pedagógicos ya se han desterrado en la mayoría de los países con los que nos comparamos, los deberes para casa están prohibidos en algunos o entendidos con otro concepto en otros. Deberíamos cuestionarnos por qué nosotros, que defendemos los deberes, los libros de texto, la lección magistral como baluartes de la educación, tenemos una de las tasas más altas de abandono escolar y salimos mal parados en las pruebas internacionales. Nos comparamos permanentemente con otros sistemas y otros países, pero las realidades, las inversiones, la ciudadanía, la formación del profesorado, la sensibilización de las familias, el papel de estas en el proceso educativo de sus hijos, la concienciación hacia las necesidades del menor, también son distintas, lo que hace que tengamos que buscar las soluciones en nuestra propia realidad.

A algunos parece que les importa poco que se perpetúen las cosas, porque tienen el puesto de trabajo asegurado, en la educación o cualquier otro sector, pero para cada familia cuyos hijos o hijas abandonan los estudios sin llegar a tener una preparación suficiente, supone un drama ver cómo sus hijos no van a tener nunca un buen futuro ni un trabajo de calidad.

Opiniones de tertulia

A quienes ven cualquier opinión de las familias como un ataque, pidiéndonos respeto y confianza en la profesionalidad de los docentes, les quiero recordar que siempre lo han tenido y lo siguen teniendo, pero pedimos lo mismo: respeto a organizar nuestra vida familiar como deseemos o como podamos y respeto como familias. Estamos ya muy cansadas de que todo el mundo se sienta con el derecho de opinar cada día si hacemos bien nuestra función de padres y madres, acusándonos permanentemente de que nuestros hijos e hijas no están bien educados, no tienen valores, pasan demasiado tiempo en las sidrerías, tienen demasiada libertad, no tienen respeto a sus profesores, tienen demasiadas extraescolares o juegan demasiado a los videojuegos. Estas opiniones simplistas, populistas y poco reflexivas, llenan las tertulias y alguna que otra página en la prensa, de chascarrillos que algunos consideran realidades, y lo único que denotan es una clara ignorancia sobre la vida familiar, desconocimiento de cómo son en el siglo XXI los niños y adolescentes, y de cómo han cambiado las relaciones sociales y familiares. Las sociedades se transforman permanentemente y tenemos que acostumbrarnos a compaginar lo antiguo con lo actual. Otro recurso que se utiliza para responsabilizar a las familias de los «males del mundo libre» es que pasamos poco tiempo con nuestros hijos. A las personas que piensan esto, les recuerdo que pasamos con nuestros hijos el tiempo que podemos, no el que queremos, y que ese tiempo, sea cual sea, esperamos que sea de calidad para compartir nuestra vida con ellos, para educarles en valores y no dedicarlo a hacer el trabajo de otros. Muchas de esas personas son padres o madres y alimentan con sus comentarios esta falacia. Seguro que se consideran buenos padres y pretenden hacer las cosas bien, o por lo menos, lo mejor que saben. Exactamente igual que nosotros.

Si educamos a nuestros hijos e hijas en valores y conviven pacíficamente con nosotros, ¿por qué se les acusa de comportamiento irrespetuoso en los centros? ¿Se cuenta con las herramientas y conocimientos necesarios para resolver este tipo de conductas? ¿Cómo se puede alimentar la idea de que su comportamiento depende de una educación deficiente en el hogar o de que nosotros desprestigiamos a los docentes ante nuestros hijos? Los que tenéis hijos, ¿hacéis eso en casa? Porque nosotros tampoco, así que tendremos que analizar entre todos las causas de este comportamiento.

¿Podemos como sociedad sentirnos orgullosos del ejemplo ético que damos? ¿Pretendemos que los menores sean impermeables a todo lo que les rodea? ¿Somos conscientes todos de que estamos en el siglo XXI y que la sociedad ya no es la misma que en el siglo XX o el XIX? ¿No tendrá el sistema alguna responsabilidad al no motivarlos y querer que aprendan los conocimientos como sus bisabuelos?

No hemos cometido ningún delito 

Algunos sueñan con que el alumnado, sus hijos o nietos, estén siempre tranquilos, quietos, que no cuestionen nada, sentados desde los 3 años 6 horas seguidas sin moverse, callados, o a lo sumo decir periódicamente «sí, señorita» y en casa lo mismo. Pero hay que recordarles que esos comportamientos del miedo y la sumisión, son propios de otras épocas de las que parece hay muchos nostálgicos cuando se escucha con tanta frecuencia: «Siempre ha sido así». ¿Siempre? ¿A dónde nos remontamos? ¿A los Reyes Católicos?  ¿A la época en la que sólo se estudiaba en las iglesias y catedrales? ¿A la que retrata Delibes en Los Santos Inocentes cuando el señorito se enorgullece de que sus criados sepan hacer un garabato? ¿A la época de la dictadura?

Ya basta de tanta prepotencia, de creer que se nos puede insultar y despreciar como padres y madres impunemente, de hacer prevalecer unos derechos que no existen por parte de algunos para arrollar los nuestros, o lo que es más importante, los de nuestros hijos e hijas.

Parece ser que hemos cometido un delito, al pedir de una forma prudente y cordial que durante los fines de semana de noviembre no se pongan deberes a nuestros hijos, cuando podíamos exigir que no los pongan nunca, ya que la «libertad de cátedra y autonomía pedagógica» finaliza con el horario escolar. Hemos solicitado a las familias que no hablen de esto delante de sus hijos, que no se enfrenten a los que opinan distinto, que respeten a sus hijos si estos quieren hacer trabajo en casa, que hablen directamente con los profesores de sus hijos para evitar que el menor entre en este tema. Hemos sido prudentes y algunos han sacado sus peores instintos de autoridad mal entendida. ¿Quién desautoriza a quién? ¿A quién deben respetar los menores, al profesorado o a todos? ¿Es más importante que algunos docentes saquen la estrella de sheriff para imponer,(que no tener), autoridad, o que los menores respeten a sus padres, quienes a su vez les enseñamos a respetar a sus mayores, a sus compañeros, a sus profesores y a todo el mundo? Lo que ha pasado es que algunos han sacado las cosas de quicio y de contexto, porque en esta sociedad tan democrática, no estamos acostumbrados a que las familias digamos libremente lo que pensamos, fundamentalmente por miedo a que nuestras opiniones puedan tener consecuencias no deseadas hacia nuestros hijos. Si algunos no nos vieran a las familias como personajes extraños y molestos en la escuela, respetarían más nuestra opinión y nuestra casa, que no es la suya. Algunos ven a nuestros hijos como material de trabajo y no les tiembla la mano a la hora de suspender a un niño de Primaria, de hacerle repetir curso o decirnos que tiene algún problema para comprender sus explicaciones. Claro, es más fácil pensar y decir que los problemas siempre los tienen los alumnos o las familias. Nunca se piensa que una parte del problema es responsabilidad de los docentes, de su formación, de su forma de dar las clases, de su interés o desinterés … Otra gran parte es del sistema, que no atiende adecuadamente las necesidades de los docentes, de los menores ni de las familias. Otra de la sociedad, que utiliza el sistema educativo para sus intereses ideológicos, empresariales o personales. Y, por supuesto, no eludimos la parte de responsabilidad de las familias.

Un lugar para la esperanza

En medio de esta lucha casi fratricida, hay lugar para la esperanza cuando se alzan voces como las de un algún docente que analiza con sensatez nuestra reivindicación, sin escandalizarse ni sentirse atacado por ella. Voces que consideran a las familias parte del sistema educativo y respetan nuestras opiniones.

A esta polémica se sumó nuestro consejero, recordando el artículo 15 del Decreto 249/2007 de derechos y deberes del alumnado, en el que se determina para todos ellos el «deber de estudio, asistencia a clase y esfuerzo», así como la obligación de «realizar las tareas encomendadas y seguir las directrices establecidas por el profesorado». Lo siento señor consejero, pero ese decreto no dice nada de que estas tareas «encomendadas» tengan que ser fuera del espacio escolar. Y si lo dijera, tendrían que ser los tribunales los que aclaren si la Consejería de Educación, los maestros o quien sea del mundo de la educación pueden obligar a nuestros hijos e hijas a realizar un trabajo escolar fuera del entorno en el que tienen derecho a ser atendidos por profesionales en el desempeño de sus funciones.

Ustedes, la administración, la suya y las anteriores, han sido cómplices en la desaparición de la jornada partida, al permitir la continua, favoreciendo a sus docentes y no a los menores, a quienes tienen la obligación de proteger, de que hayan desaparecido los programas de atención a la diversidad que se impartían por las tardes para que fuera atendido el alumnado con necesidades específicas, de que el profesorado no cumpla con las jornadas por las que cobra un sueldo, permitiéndole que durante los meses de junio y septiembre salgan una hora antes de los centros, les consiente que no trabajen durante todo el mes de julio cuando son funcionarios y sólo tienen derecho a un mes de vacaciones. ¿Por qué no están en los centros el mes de julio atendiendo al alumnado que ellos mismos han suspendido para poder examinarles a finales de julio y así todos disfrutar de vacaciones el mes de agosto como ya hacen en otras comunidades autónomas? Así de paso, nos ahorrarían a las familias pagar para que nuestros hijos e hijas sean atendidos en academias privadas, las cuales son capaces de enseñarles lo necesario para aprobar en un mes, logro del que el centro escolar no ha sido capaz durante 10 meses. Las familias hemos consentido esto desde hace mucho tiempo, pero la costumbre no significa derecho. También me gustaría preguntarle en que parte de la Programación General Anual (PGA) aparecen los deberes reflejados y lo que es más importante, ¿cómo se pueden enterar las familias de los criterios que dice tienen que aparecer, si nos resulta muchas veces imposible acceder a la PGA, cuando debería ser un documento público? Señor consejero, por mucha definición que nos haga del concepto de deberes y nos trascriba la definición del DRAE, como estoy segura que usted sabe, las definiciones que recoge no son leyes de obligado cumplimiento, sino que su función es la de «normalización lingüística, planificación lingüística o estandarización de la lengua, encaminada al uso generalizado de alguna lengua en un determinado contexto». De hecho, cada año se incorporan palabras nuevas porque la lengua evoluciona, como debería hacer la educación.

Que generalmente se utilice la palabra deberes con ese contexto, no quiere decir que sean imprescindibles, obligatorios o que deban realizarse fuera del entorno escolar. Ese concepto es solo una interpretación, que por mucho que se repita, no se convierte en verdadera.

¿Desautorizan las familias?

Usted habla de desautorización por parte de las familias a los docentes, considera que los deberes son imprescindibles para fijar contenidos y que deben hacerse en casa. Le pregunto, ¿qué ocurre con los miles de docentes asturianos que no hacen uso de ese supuesto derecho y no mandan tareas para casa? ¿Incumplen la normativa de su consejería? ¿Son peores docentes que los demás? ¿Está usted desautorizándolos porque asegura que deben ponerse deberes para casa? El alumnado de estos docentes «progresa adecuadamente», así que hay que buscar el fallo en otro sitio. Tengo que darle la razón en algo: es verdad que los deberes deberían ser para el alumnado y los padres los hacemos nuestros. Claro que obligatoriamente tenemos que hacerlos nuestros, porque vemos cada día a nuestros hijos e hijas con tareas que no saben resolver porque en muchas ocasiones no se las han explicado, que no han finalizado a tiempo en clase o que sin ayuda están día tras día hasta las 10 u 11 de la noche encima de los libros, en una labor que no es precisamente motivadora ni está planificada por parte de sus docentes (como usted asegura debe ser). Ante esta situación se nos presenta un problema con varias soluciones: Que los lleven sin hacer y vuelvan a preguntar a sus profesores hasta que lo entiendan, ayudarles nosotros si podemos y sabemos, enviarles a clase particular para que les expliquen lo que no han entendido en el colegio o, en el peor de los casos, no hacer nada si no tenemos conocimientos ni recursos y que los lleven siempre sin hacer para que les pongan negativos o les ridiculicen delante de sus compañeros.

No se equivoque, no pretendemos que la responsabilidad recaiga sobre nuestros hijos por nuestra posición contra este tipo de deberes, precisamente debido a nuestra responsabilidad como tutores legales de nuestros hijos e hijas, es por lo que hemos afrontado este tema para que la comunidad educativa reflexione sobre lo que lleva demasiados años ocurriendo sin que se ponga solución al problema. Porque hay un problema aunque no queramos hablar de él. En educación hay parcelas casi prohibidas para debatirlas en público, aunque todos conozcamos la realidad y hasta que no las afrontemos, persistirán los problemas endémicos del sistema educativo que no se van a arreglar con una nueva ley si no llegamos al fondo.

Desigualdad 

Siento discrepar con sus palabras de poner deberes «adecuados a sus capacidades y contexto social y familiar». Precisamente en estas palabras se encierra la desigualdad que estamos denunciando con respecto a los deberes. Nosotros no creemos que tenga que haber deberes fuera del entorno escolar, pero mucho menos que tenga que haberlos para más listos o menos listos y muchísimo menos para ricos y pobres. Es la Administración quien tiene la obligación de poner al servicio de todos, las medidas de atención a la diversidad y profesionales necesarios para que cada alumno alcance el nivel adecuado. Nosotros defendemos una educación compensadora de desigualdades sociales y donde no importe el lugar de nacimiento. Eso no solo se logra dejando abiertas aulas con 4 alumnos o poniendo transporte y comedor escolar (eso ya hace tiempo que se hace bien en Asturias, usted lo sigue haciendo y le aplaudimos), sino que la igualdad de oportunidades también hay que darla aplicando un modelo educativo justo, en el que la escuela supla lo que la sociedad con sus desigualdades quita, y que no dependa el éxito escolar de lo que sepan los padres y madres del alumnado, del patrimonio que tengan o de lo que su maestro o maestra decida que es conveniente para su alumno fuera del centro escolar. Ese concepto tan arraigado entre algunos docentes es el que defiende una de las orientadoras de un centro público al decir estos días, según aparece en un medio de comunicación, durante una charla para familias preocupadas por la adaptación en el paso a Secundaria, que si hay un problema hay que solucionarlo pronto y si no son capaces a ayudar a sus hijos, los envíen a una academia. ¿Cuándo van a aconsejar a las familias que si hay un problema de aprendizaje acudan al tutor de sus hijos para buscar la causa del problema y solucionarlo dentro del centro?

Metodología motivadora

Tampoco estamos de acuerdo en que no hay que cambiar el modelo educativo. Parece olvidarse que el modelo que tenemos actualmente es la LOMCE. Nosotros vamos un poco más allá, hablamos de cambiar la formación del profesorado, de mejorar sus condiciones laborales y salariales, de cambiar la metodología en las aulas para que sea motivadora, que se haga en los centros el trabajo escolar, incluido el individual, (comúnmente llamado deberes), supervisado por un docente para que todo el alumnado tenga las mismas oportunidades de aprender sin depender de otros factores. El derecho a la educación no puede estar supeditado a la condición social, ni a la economía de las familias. ¿Alguien piensa que las madres o padres que están limpiando escaleras para que sus hijos e hijas vayan a clase particular lo hacen por una dejación de responsabilidad como tutores, por no querer acompañar a sus hijos en las tareas al estar en las cafeterías como dicen algunos sabios del papel couche, o será porque les obliga de forma indirecta «los criterios específicos fijados por el centro en el ámbito de su autonomía», esa metodología pedagógica que usted dice funciona tan bien y desde hace tantos años en Asturias? Hay muchas familias que tienen que detraer recursos de sus maltrechas economías para pagar clases particulares, cuando todo lo relacionado con el derecho a la educación obligatoria debería estar cubierto por las administraciones.

En otro momento hablaremos de los libros de texto que compramos año tras año y que, sin tener ninguna obligación por nuestra parte, adquirimos dócilmente para que nuestros hijos no tengan problemas con sus profesores. ¿O también nos estamos inmiscuyendo en la «dignidad y autoridad» del profesorado al cuestionar esto? Su libertad pedagógica y libertad de cátedra termina cuando se cierra el centro escolar, y ahí empiezan nuestros derechos como familias en las que están incluidos nuestros hijos e hijas. Cuando salen de los centros escolares ya no son alumnado, son niños y niñas al cuidado y bajo la tutela de sus familias.

Por último, también le recuerdo que es usted el consejero de toda la comunidad educativa, en la que está el alumnado, los docentes, la administración y las familias. Por eso debería escuchar nuestras opiniones, respetar nuestras posiciones y después de hacerlo, intentar comprender la causa, que no es ni mucho menos caprichosa, sino que es debida a nuestra preocupación lícita por los intereses de nuestros hijos e hijas, por su educación integral y justa, y para que no quede ni un solo niño discriminado en esta guerra de egos, de intereses económicos y dignidades mal entendidas, como ocurre actualmente.

 ¿Nadie se ha cuestionado a quién se le corrigen los deberes? ¿A los padres, al profesor particular, a los abuelos... a los niños? ¿Decíamos que era un recurso pedagógico? Permítanme dudarlo en estas circunstancias.

El papel de las familias

Se repite constantemente, porque es políticamente correcto, que las familias somos parte de la comunidad educativa, pero cuando opinamos sobre algo relacionado con la escuela que no sea hacer fiestas, preparar tortillas o chocolate, hacer adornos florales o los trajes de carnaval, repartir lotería o aportar dinero para las actividades, se nos reprochan nuestras opiniones argumentando que nos entrometemos en la labor docente. ¿Acaso se cree que las familias no tenemos criterio para saber cómo se está formando a nuestros hijos? Siento desilusionar a algunos, pero sí tenemos criterio, opinión y formación por mucho que les pese. En algunas de esas sociedades que ponemos como referencia del buen hacer, las familias intervienen en los procesos, asisten a las clases si así lo desean para observar la metodología, participan en el modelo educativo del centro, opinan sobre los resultados y son los países en los que están mejor considerados y remunerados los docentes. Quizá sea porque el respeto es mutuo. No somos mecánicos, pero cuando llevamos nuestro coche al taller, explicamos los síntomas y se termina el trabajo, nadie se cuestiona si nos quejamos porque nuestro coche sigue con el ruido y exigimos que se solucione el problema. No somos mecánicos, pero sabemos cuándo hay un problema y en el taller no se ponen dignos y nos dicen que estamos cuestionando su profesionalidad. Simplemente, nos atienden y solucionan el problema, si pueden.

Por todo esto, lo más lógico ante esta campaña es que se hubiera atendido y entendido nuestra petición de no poner deberes durante estos cuatro fines de semana, o quizás no, pero sin atacar a las familias, denostando sus derechos fundamentales o los de los menores. Y ahora, al finalizar noviembre, podíamos haber reflexionado todos sobre los pros o contras de la petición y sus consecuencias.

Educar en el respeto

Nosotras, las familias, vamos a seguir educando a nuestros hijos e hijas en el respeto a los demás, ya sean compañeros, profesores, directores, abuelos, padres, dependientes, mecánicos, médicos o curas. Respeto, pero no miedo, porque entonces estamos hablando de otra cosa y efectivamente, de otra época.

Pero seamos justos. Los educadores que piensan así son una minoría y por suerte la gran mayoría son buenos o muy buenos docentes que atienden a nuestros hijos e hijas con dedicación, preocupación, profesionalidad, respeto y cariño, porque entienden que no sólo son trabajadores de la educación, son mucho más que eso y las familias lo sabemos y valoramos. Trabajan más horas de las que se les pagan y tienen que ver como cada día se les compara con compañeros que van al centro escolar como el que va a la cadena de montaje. Esos docentes no necesitan leyes de autoridad porque ellos son ya autoridad, la ejercen con mesura y buen criterio sin necesidad de recurrir al castigo y reproche permanente. Son respetados porque respetan. Son maestros porque enseñan. Tienen cualidades, actitudes y aptitudes para la docencia, y lo demuestran cada día, tanto en el aula, como en el trato con el resto de miembros de la comunidad educativa.

A todos estos, que son la mayoría, les damos las gracias por entender nuestras preocupaciones, tener en cuenta nuestras opiniones y no sacar permanentemente la «bandera de la dignidad» porque ya son dignos, lo sabemos y lo saben. 

Con ellos, con la mayoría, nos sentaremos a reflexionar sobre los problemas del sistema educativo, lo que opinamos todos, lo que podemos aportar cada uno y el camino más adecuado para que consigan sus metas los menores ante los que tenemos responsabilidades: su alumnado, nuestros hijos e hijas.

La ley del «siempre ha sido así»

Ya que estamos hablando claro, recordar a los columnistas y visionarios nostálgicos del pasado, que la sociedad que añoran ya no existe, para su disgusto y nuestro alivio. Que el «siempre ha sido así» no es sinónimo de calidad sino de costumbre. Que si en este país todos éramos entrenadores de fútbol y médicos, ahora también somos expertos en educación, y nos quedamos en la crítica feroz a los que piensan diferente, en el insulto y menosprecio permanente de lo que no entendemos, porque nos asusta que algo pueda cambiar y nos quedemos sin argumentos para seguir defendiendo lo indefendible. 

Antes de llenarnos la boca con el pacto educativo, tengamos claro sobre que queremos pactar, aceptemos los errores en la metodología, en la formación, en las relaciones entre los miembros de la comunidad, en anteponer nuestros intereses a los del alumnado o a los de nuestros hijos e hijas, en la convivencia. Hablemos de tiempos escolares, de apertura de centros a la comunidad, de qué hay que enseñar, cómo y durante cuánto tiempo, del material para hacerlo, de los medios necesarios, de la calidad, de la calidez, de la autoridad, del respeto, de la dignidad…de la igualdad.

Si no nos sentamos a hablar de lo importante, nos quedaremos en lo anecdótico, en cómo se reparte el dinero y entre quién. Porque no nos engañemos, los únicos problemas que ven algunos son los que tienen que ver con el reparto de la tarta (editoriales, conciertos, Conferencia Episcopal, empresas constructoras, clases particulares, empresas privadas con intereses varios, catering, funcionarios, personal laboral…)

¿Cuándo hablaremos de los niños?

 ¿Y los niños? ¿Cuándo hablamos de ellos? ¿Al final o al principio?

De lo que no se habla es de los menores, sus necesidades, cómo formarlos en valores, en convivencia, qué necesitan, cómo les damos de comer en los comedores escolares, que no pasen frio ni calor, cómo distribuir las clases, qué descansos deben tener o si los que tienen son los adecuados, qué horario deben tener pensando en ellos y no en otras cosas, qué material tienen que utilizar en el aula, a qué hora deben dar las diferentes asignaturas… En definitiva, que sean felices y adquieran los conocimientos que necesitarán para comenzar a vivir de forma autónoma y llegar a convertirse en ciudadanos críticos y responsables. 

Sólo hablamos de «educarles en el esfuerzo», el tesón, la responsabilidad, adaptarlos al mercado de trabajo… Terrible el concepto de sociedad que tenemos si todo lo basamos en esto. Claro que tendrán que esforzarse y ser responsables, pero cada cosa a su tiempo y con gradación según edad. 

Triste futuro para nuestros jóvenes en esta nostálgica sociedad que los educa a caballo entre lo que era y lo que es, sin darles la oportunidad de educarse también entre lo que es y lo que será.

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