Cambio de horario, pero ya


Muchas décadas después del fin de una dictadura que, por suerte, empieza a quedar borrosa en el tiempo y la historia, muchos años después de nuestra entrada en la UE al menos nominalmente, el Gobierno empieza a plantearse adaptar nuestros horarios a los europeos. Al menos es lo que ha dicho la ministra Fátima Báñez. Asombroso.

Ellos trabajan menos pero les cunde más, están menos horas en la empresa  y cobran más, ven más a sus hijos o lo que sea, se rascan más tiempo la barriga, y ciertamente viven mucho mejor. ¿Cuál es el secreto?

Ante una reducción de jornada, muchos empresarios alcanforados cloquearán como gallináceas y harán aspavientos sobre la productividad, pero obviamente se equivocan: las empresas europeas disfrutan de horarios laborales más cortos y producen muchísimo más y mejor. Siempre estuve harto y más bien asqueado de los que echan horas y más horas en el trabajo para hacer ver a su empresa que son los mejores esclavos cuando en realidad son los peores: se dispersan, dan vueltas, no cumplen con su tarea y sin embargo salen los últimos. Qué buenos chicos. En este país se penaliza al que hace su trabajo con eficiencia, sin levantarse veinte veces o sin dedicarse a leer los mensajes de las redes sociales o sin salir a fumar dos cajetillas al día, y que por lo tanto alcanza antes y mejor sus objetivos. Por el contrario, al que acaba primero le suele caer trabajo extra y deja su puesto tan tarde como los demás. Son legión los vagos dispersos que, sobre el papel, han trabajado una enorme cantidad de horas. Esa plaga de idiotas sirve muy poco al interés común y al propio. En Europa, por el contrario, está mal visto hacer más horas de las que corresponden: constituye un claro agravio al derecho de todos a descansar.

Existe otro factor añadido al asunto del número de horas trabajadas que la carcundia empresarial española nunca entenderá: cuanto más descansado y menos estresado está un trabajador, más rinde, se acoge a menos bajas laborales durante el año y su labor es siempre de mayor calidad. Por tanto, nada de que mayor número de horas es igual a mayor productividad. Falso del todo.

Habría que mirar, sin embargo, si el fallo en el sistema no está precisamente en ese tipo de empresario salido de un cuento de Dickens, de las catacumbas del franquismo: el que ve al trabajador como una mera pieza de su maquinaria. El miope que no moderniza su infraestructura, sus medios y sobre todo sus métodos. El que no sabe implicar a los empleados más válidos, y no digo nada del tramposo que quiere constantemente escatimar salarios e incentivos. O al que chantajea para pretender socializar las pérdidas de la empresa, y esto lo practican hasta los sindicatos con sus empleados, pero nunca socializa las ganancias.

Por otra parte, la ministra Báñez ha admitido tímidamente que ya está bien de mantener un huso horario que no nos corresponde. Franco, y con pereza volvemos al mismo sitio, adaptó el horario español al de la Alemania nazi y así seguimos, ignorando que el meridiano de Greenwich pasa por Huesca. La geografía, al parecer, no era el fuerte del Movimiento. Es decir, que estamos en la línea horaria de Londres y nos mantenemos en la de Berlín, a casi 1.000 kilómetros de distancia en el eje este-oeste. Un absurdo desde todos los puntos de vista. Es como pretender esquiar en el desierto de Almería, porque ahora mismo lo están haciendo en Suecia. Ya hace tiempo que toca modernizar los días y las horas.

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