O «judenfrei» o un poco de racionalidad


Tuvo que venir la Real Federación Española de Fútbol a violentar la paz social de Gijón, decidiendo que la selección española juegue contra la israelí dentro de unas semanas. Estaba Gijón tan tranquila, tras ser la primer ciudad europea declarada por su ayuntamiento «judenfrei» desde 1945, para que ahora vengan los hijos de Villar a romper tanto consenso. ¡Ya, yá conocemos eso de que no somos antisemitas sino antisionistas!  Pero analicemos.

La declaración del ayuntamiento de Gijón es clara, de una claridad meridiana. En ella se dice que no se permitirá la participación pública de grupos y colectivos que estén vinculados al estado de Israel. Bueno, resulta que todo surgió después de un boicot a una orquesta que era norteamericana, judía, sí, pero norteamericana. Pero, en fin, eran judíos. La declaración implica que si a un congreso de oncología celebrado en Gijón viene un grupo del colegio de médicos de Tel Aviv debe ser boicoteado; que si a un festival folk viene un grupo de Haifa, debe ser boicoteado; que si a la Feria de Muestras viene la Cámara de Comercio de Tel Aviv, debe ser boicoteada; que si a una conferencia de derechos humanos vienen israelíes de los que piden un estado palestino deben ser boicoteados; y así con todo. Si vienen de uno en uno y como turistas, y, a ser posible, calladitos, vale; pero si traen su bandera, no.

¿Por qué el ayuntamiento de Gijón no toma una decisión similar sobre grupos chinos, iraníes, pakistaníes, sirios, marroquíes, filipinos, rusos, turcos, hasta incluso nuestros amigos estadounidenses? Los gobiernos de estos países violan derechos humanos, bombardean poblaciones civiles desarmadas, no respetan los viejos códigos éticos de la guerra. Podríamos ir más allá: que Gijón declare non gratos a los grupos británicos, franceses, italianos, holandeses…, que bien que sus gobiernos contribuyen a los genocidios y a las explotaciones de amplias regiones del planeta. Pero podríamos llegar al absurdo: que Gijón declare non gratos a los grupos españoles (incluídos los asturianos) porque su gobierno es partícipe de muchas de estas operaciones.

¿Por qué sólo Israel? Es fácil adivinarlo. Por debajo de las banderas de colores diferentes se agazapa el antisemitismo. Consideran algunos que en Rusia una cosa es el gobierno y otra los ciudadanos, lo que también piensan para Irán, Estados Unidos, Alemania, Siria, Turquía… Pero en el caso de Israel todos son culpables, no sólo el gobierno reaccionario de Netanyahu, no, sino todo el pueblo. Hay un poso fundamentalista contra el pueblo «deicida» que el cristianismo más atroz sembró y que bien recogieron lo mismo comunistas que fascistas, dos corrientes eclesiales, redentoristas y pretendidamente transcendentes.

Hay una escena muy llamativa en la película «La lista de Schlinder». Un soldado del ejército rojo llega al campo recién liberado y los presos salen a su encuentro. El soldado, desde su montura, les dice: «no sé a dónde deben ir porque los que vienen detrás no tienen más simpatía por ustedes que los que ahora huyen». Y aquí volvemos al principio: si Gijón prohíbe que grupos israelíes vengan a congresos, concursos, campeonatos deportivos…, ¿cómo puede decir que no es una ciudad antisemita, una ciudad «judenfrei»? Seguramente porque los gobernantes de esta villa se emocionan con las películas del holocausto o porque veneran a Freud, Marx, Einstein, Woody Allen, Trotsky, incluso a Ana Frank… Los judíos en los campos de exterminio sí son simpáticos y hasta gloriosos de uno en uno si aportan algo que los munícipes consideran importante para sus vidas. Eso es antisemitismo.

Y es que nos encontramos ante una semántica, o más bien ante una ausencia de semántica, que no se puede menos que calificar de atroz. Tal vez para opinar sobre la cuestión de Gaza no baste con apuntarse a la herencia de la guerra fría, sino que podría venir bien leer, por lo menos, el libro de Ari Shavit «La tierra prometida». Pero me temo que nuestros representantes no leen mucho sobre la historia del cercano oriente o, simplemente, sobre la historia.

No voy, a estas alturas de la historia, a defender la política del gobierno de Israel, que me parece deleznable en tres de cada cuatro decisiones, pero sí me gustaría que los que se llaman «antisionistas» por no reconocerse como «antisemitas», me contestaran a una pregunta muy sencilla: en su modelo, ¿qué harían con los israelíes?, ¿a dónde los llevan?, ¿los dejan donde están pero cómo? Después de cincuenta años y de tanta beligerancia es de suponer que tengan una respuesta.

Hay una izquierda antisemita que cree beber del mismo Marx porque el hijo del rabino escribió en «La cuestión judía» que los judíos estaban íntimamente vinculados al capitalismo. Pero tal vez olvidan que Marx, un autor genial pero muy contradictorio, escribió después en «La sagrada familia» que la modernidad de un pueblo se podía medir por el grado de tolerancia que tenía hacia los judíos. Y es que leer a los clásicos, pero su obra completa y, sobre todo, no mutilada por algunos seguidores, no está de más. Marx no era idiota y veía la complejidad de los asuntos.

El caso es que, volviendo a lo doméstico, aplicando el criterio de que en Israel todos son culpables, a diferencia de otros países donde una cosa es el gobierno y otra el pueblo, la banderita con la esvástica nos la han clavado en el corazón de Asturias. Y no sólo pasa en Israel, que no es muy importante política y económicamente, sino en bastantes cancillerías que aún tiemblan y sienten repugnancia ante el concepto de «judenfrei». Es que, aplicando el criterio de que el estado es el pueblo, que nunca ha sido el criterio de la ilustración y tampoco de la izquierda posterior, podemos llegar a aberraciones como a las que llegó el ayuntamiento de Gijón. Nietzsche decía que la mayor mentira era la frase de «yo, el estado, soy el pueblo». Y añadía que «pueblo es el que sembró la libertad según su conocimiento y estado es el que sembró sobre el pueblo sus miserias y sus concupiscencias». La cita no es literal. Como casi siempre, hablo de memoria.

Sobre Gijón y sobre Asturias algunos han sembrado. Veremos lo que recogen.

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