Los traidores del caso Noos cantan «a capella»


Sé que seré criticado por decirlo, como por casi todo lo que escribo, va en el oficio de periodista. El caso es que, por mucho que lo intento, no consigo que la infanta Cristina me caiga mal. Se ha publicado por ahí que a la salida del juicio por el presunto macrochoriceo de la trama Noos afirmó delante de unos cuantos testigos: «Qué ganas tengo de que acabe todo esto para no volver a pisar este país». Estalló. Es que este exilio que Cristina se ha impuesto a sí misma junto a su familia (siempre nos quedará la bucólica Suiza y su confortante amnesia bancaria) tiene mucho de tragedia decimonónica, de cuando los reyes y un poco más tarde los zares huían en vano del pueblo rugiente, vengativo, cortacabezas, que por supuesto los alcanzaba y despedazaba al fin. La infanta representa en eso al viejo mundo asombrado ante la impertinente, maleducada y bastante letal ola de justicia social y de la otra, más chunga aún, bendita sea.

Cristina parece haber transitado todo el proceso flotando en la misma burbuja alucinada en que fue criada, confiando en que nadie osaría pinchar esa burbuja, en que no era posible que la monarquía, aún en el pellejo de sus segundones, fuera investigada y mucho menos juzgada y no te digo llevada con esposas al chabolo. Es, simplemente, que no se puede creer que la turba le llame «choriza» a la cara en la puerta de los juzgados. Pero lo más importante,  tampoco tiene conciencia de ser choriza, ni que su marido lo sea a pesar de las pruebas aparentemente abrumadoras. Tal vez daba por hecho que aprovecharse del erario público gracias a nombre y rango era lo que había que hacer, una especie de cumplimiento del deber en diferido, que diría Cospedal. Pero claro, llega el populacho al que has llamado caranchoa y ni cámara oculta ni leches, te arrea una bien merecida galleta con la mano abierta en toda la cara. Ole y ole por los jueces del caso, tanto el instructor como las juezas que juzgan ahora, que probablemente han soportado presiones mucho más allá de lo razonable y aún así hacen su trabajo. Sea cual sea la sentencia, siempre estarán mal pagados y siempre serán, presuntamente, mis héroes.

La exduquesa caída, que nunca tuvo opciones reales a mandar en el cotarro debido a rancios motivos constitucionales, ser mujer y segundona, vivía lo más cómodamente que se puede dentro del marrón de haber nacido en una familia real de las más pobretonas de Occidente. Sí, sí, he dicho marrón, aunque insisto en que sólo para algunos. Para ella, obviamente, no tanto, sin obligación de echar muchos currículos para conseguir un buen trabajo, sin demasiadas preocupaciones para llegar a fin de mes y con unas exigencias protocolarias exiguas en relación a lo que requiere la Casa Real. Cristina lo llevaba razonablemente bien, con un empleo casi de verdad, un perfil nada escandaloso, una vida más parecida a la de los hijos de la burguesía catalana que a la de la derrochona y lujuriosa aristocracia europea.

Pero ay, como en una ópera italiana, aparece en escena el jugador. La sangre plebeya, o al menos azul-merchera ávida de emociones y más aún de lujos y riquezas en un nivel de horterada por encima, o por debajo, de sus posibilidades. Para contarlo en términos deportivos: piscinas, dos; libros en la biblioteca, cero.

Sé que no es razonable, Cristina me cae bien pero no me da ninguna pena ni me parece simpático Urdangarin. El guapete deportista y niño bien que con el follón ya ha bajado dos tallas y se debe de estar probando el chándal nuevo para el trullo, el que era el ligón de COU en los años ochenta y se quedó básicamente en eso, el que pretende una vida de cine sin currar demasiado, va y enamora a la infanta. Discúlpeme, excelencia, pero su picardía no estaba a la altura de la situación ni de coña. Urdangarin conquista a la futura duquesa y le hace cuatro hijos del tirón. Hasta ahí, por lo que es conocido públicamente, bien. Lo que pasa es que la dolce vita no era suficiente para su excelencia: queríamos un palacio como el de los amigos ricos-ricos, una vida más como de duques, y ni el jugoso sueldo de Cristina, ni asignaciones y prebendas, ni chollos legales cunden tanto, y menos con cuatro churumbeles hambrientos que mantener. Como diría Mortadelo en su sabiduría condensada, sapristi.

Guzmán de Alfarache describe el asunto: «He visto siempre en todo lo que he peregrinado que estos ricachos poderosos, muchos dellos son ballenas, que abriendo la boca de la codicia, lo quieren tragar todo». Y es que, claro, detrás del duque llega la pléyade de amigotes, lazarillos de Tormes y guzmanes que a rebufo también quieren pillar fortuna y cuando llega el momento resaca, sentados en el duro banquillo, ven una toga negra de reojo y cantan la Traviata «a capella» y sin hacer gallos, por si acaso.

La infanta se siente incomprendida y lo que pasa es que no ha comprendido nada, y además está casi sola. No ha sido traicionada por los abogados zorrunos ni por los jueces. Lo ha sido por sus nada recomendables amistades y puede que por la doble Corona, por un pueblo que no le debe nada a ella, por su ingenuidad, por su falsa sensación de seguridad, por sus sentimientos, por sí misma. La traición, alteza, a menudo es hija de la cobardía del traidor, pero siempre es nieta de la ignorancia del traicionado.

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