Más cicatrices


El yihadismo levanta el telón para mostrar un nuevo escenario del terror. Berlín. No estaban los ángeles sobre Berlín el pasado lunes por la noche. Como esperaría Wim Wenders. Como desearía cualquiera. Estaba el demonio sobre la tierra, en pleno asfalto. La metrópoli alemana no es la ciudad de la luz. Ni el corazón europeo. Ni la capital del mundo. Ni la puerta entre Oriente y Occidente. Es otra cosa. Ha visto de todo. Ha sido fusil y cráter. Crimen y castigo. Ha expulsado. Ha acogido. Por su boca ha escupido odio Europa, por sus heridas ha supurado todo el continente. Sus calles muestran las cicatrices de lo peor y lo mejor. Aquí, la noche de los cristales rotos. Más allá, la iglesia bombardeada que sigue en pie. Ahí está el Checkpoint Charlie y los restos del muro que una vez cortó el mundo. Los pasos se pierden ante la sede de la Stasi, que ponía en su fría balanza de precisión las vidas de los otros, y se encuentran con el florecer arquitectónico de la Potsdamer Platz. Llevan hacia el Reichstag, que lució gigantescas esvásticas, y que ahora se refugia bajo la cúpula de cristal de Norman Foster. Cruzan la puerta de Brandemburgo. La muerte, la represión, la resurrección, la reconciliación, el recelo. La muerte de nuevo. Como un ciclo con distintas dosis de infamias. Las aves carroñeras de aquí y allá siempre estarán dispuestas a aprovechar la carne marchita. Sobre los cuerpos inertes cultivan sus oscuros jardines. Siembran en la oscuridad y riegan con sangre. Lo que no varía es la cosecha, los frutos. Aunque tengan apariencia dulce y brillante, como una cereza madura, son amargos. Lo saben Berlín y Alemania. O deberían saberlo. Lo dicen sus cicatrices.

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