Neptuno


Quizás los aficionados del Atlético de Madrid no lo sepan, pero son afortunados. Nadie lo diría por las finales de la Liga de Campeones en las que han caído. Pero tienen suerte. Por su Neptuno. Porque es muy recatado. Tiene la decencia de taparse sus partes. Y lo hace de esa forma sutil que lucen las estatuas elegantes. Como el que no quiere la cosa. Nada por aquí, un poco por allá. En Bolonia, sin embargo, les ha tocado el primo exhibicionista. Ese Neptuno que, orgulloso, no oculta nada en el centro de su propia plaza. Cinco siglos después de tomar posesión en su monumental pedestal, cuando creía que ya lo había visto todo, comprueba que no ha perdido su capacidad de escandalizar. Facebook bloqueó una imagen en la que la divinidad mostraba todo su esplendor. Una escritora italiana había colgado la fotografía de forma inocente para ilustrar las historias de su ciudad. Después vinieron las disculpas y la rectificación. Pero es un problema que durante largo tiempo los guardianes del decoro digital se hayan ofendido más con una visión fugaz de un pezón femenino que con textos con mentiras flagrantes o con llamamientos al odio. En el termómetro de las supuestas inmoralidades, una imagen desnuda vale más que mil palabras xenófobas o machistas, de esas que permiten a muchos cocerse en su propio caldo y cocinar verdades a medida. Fueron los propios usuarios los que airearon que a los mismos que prohibían el pecho al aire se les escapaban alegremente las esvásticas.

No es de extrañar que cualquier día una red social acabe de perpetrar el rapto de Proserpina. ¿Qué se habrá creído Bernini?

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