¿Se acabó el opinar y discrepar públicamente?


Esta semana ha sido noticia la consideración del Tribunal Constitucional de que la libertad de expresión de los militantes de los partidos está limitada porque los afiliados le deben fidelidad a su organización al pertenecer voluntariamente a ella. Esta sentencia, que aún no ha sido redactada pero sí filtrada a los medios de comunicación, niega el amparo a Susana Pérez-Alonso por sobrepasar su derecho a la libertad de expresión en un artículo en prensa en el que ella criticaba a la FSA por el procedimiento empleado en la elección de Paloma Sainz como candidata del partido a la Alcaldía de Oviedo en 2007.

Han pasado varios años ya de este suceso pero se han venido repitiendo, hasta el día de hoy, más expedientes por comentarios y manifestaciones públicas de militantes críticos con la situación del PSOE. Para lo bueno y para lo malo las redes sociales permiten que uno desde su perfil pueda emitir opiniones a favor o en contra del partido y de sus dirigentes (la prensa ya no tiene el monopolio de transmisión de este tipo de mensajes). Comparto plenamente que existan unas reglas de juego y que no todo valga (empezando por los insultos), pero también considero que quienes nos dedicamos a la política va en nuestro sueldo tanto que nos hagan la pelota como que nos pongan a parir, sea desde dentro o desde fuera del partido.

Cada formación tiene sus reglamentos y sus cauces para dar voz a los militantes. Quizás las estructuras que servían hasta hace poco para canalizar y conocer ese sentir de la base (como puedan ser las asambleas) se han quedado obsoletas, o si no al menos ya no son la única vía de expresión que tiene la gente para dar su valoración sobre algo. Como decía antes, uno desde su casa puede lanzar un mensaje, que a la vez es leído y compartido por otras tantas personas, en el que puede dar por buena o mala una noticia y/o decisión, y su capacidad de difusión llega a más público que el que está en cualquier asamblea. Vivimos en un tiempo, creo yo, que nos obliga a ser más transparentes, más dinámicos y más rápidos. Suelen decir que para el mejor análisis se necesita tiempo, que la información que llega de un solo día no basta para establecer un criterio. Nada mejor que tirar del refranero español y su «el tiempo pondrá las cosas en su lugar» para apoyar esta tesis. No obstante hay hechos y acontecimientos que alientan a los militantes a situarse de un lado u otro. Se pudo ver tras las elecciones vascas y gallegas y el decepcionante Comité Federal del 1 de octubre el daño y la tensión que se ha generado en el PSOE. Si los compañeros en los que delegamos (al menos en la teoría) la confianza para que nos representen en el máximo órgano entre congresos del partido se comportaron de esa manera, ¿se puede echar la culpa de nuestros problemas a los militantes de base, que son al final la parte más débil del enfrentamiento? Me parecería injusto ir por ellos, sinceramente.

No todas las personas aceptan las críticas de igual manera. Considero también que en muchas ocasiones se centraliza las culpas de todos los males en un individuo en vez de ir a la raíz del problema, pero no es menos cierto que cuando aceptas entrar en el juego político (en el que nadie te obliga a estar) puedes verte envuelto en todo tipo de acusaciones, a veces infundadas o poco rigurosas, pero que adquieren gran transcendencia y debate. Por poner un ejemplo reciente, hubo un caso en el que Nino Torre se vio obligado a aclarar la postura de JSE sobre su supuesto apoyo a Susana Díaz tras el enfoque que dio un periódico de Andalucía a un encuentro con la presidenta andaluza en Málaga. Ese diario le atribuyó un apoyo explícito a Susana Díaz en nombre de Juventudes Socialistas que él mismo y otros compañeros desmintieron. Yo no tengo ningún problema en reconocer que compartí esa noticia y que al día siguiente también compartí el texto que publicó en su Facebook el Secretario General de JSE. Lo mejor de todo es que quedó aclarado que la organización, en la que me a mí me quedan nueve días de militancia, no tiene un candidato o candidata a dirigir en Ferraz, y no lo tiene sencillamente porque en ningún órgano se decidió un posicionamiento en ese aspecto. Vaya por delante que Nino, al igual que yo y el resto de militantes, tiene el derecho pleno a manifestar públicamente sus opiniones personales. Yo al menos nunca defendí ese acuerdo tácito de que los cargos orgánicos y/o institucionales deben mantenerse al margen de manifestar sus preferencias para, supuestamente, no influir en un proceso como pueda ser la elección de una nueva ejecutiva federal. Yo creo en los mismos derechos y deberes para cualquier militante independientemente de si ocupa o no una responsabilidad política.

Hay que decir que este tipo de situaciones está ocurriendo en todos los partidos. Unos lo silenciarán más y otros menos. A mí se me hace muy difícil entender que se puedan tapar y/o callar casos como el de Trillo, Rato, la Gürtel y Caunedo. El PP tiene un problema si no se desprende de ese perfil de políticos, pero se ve que su militancia apenas protesta (ni siquiera el caso de Avilés, con las declaraciones de Carmen Maniega sobre Mercedes Fernández, me parecen un acto de rebeldía como para alabar que haya algún indicio de regeneración en las filas populares). Podemos tampoco anda para echar cohetes, y si no que se lo digan a José Manuel López y a Sergio Pascual. Incluso está claro que casos como el de Errejón, el de Monedero o el de Echenique, de haberse producido en otras formaciones políticas, habrían sido fuertemente criticados por los seguidores de la formación morada. Ciudadanos tampoco se queda atrás con Javier Nart. La dirección, en la que ya no está Carolina Punset por diferencias con Albert Rivera, quiso desde que se empezó a expandir la formación tras las elecciones andaluzas evitar a toda costa la aparición de voces discordantes y protegerse contra el nacimiento de barones territoriales y la llegada de nuevas caras.

En definitiva, en todas las casas se cuecen habas y al margen de la sentencia de la que hablaba al principio del artículo, a mi juicio se hace complicado medir dónde está el límite entre la libertad de cada uno a expresarse públicamente y la de una organización a utilizar la reglamentación sancionadora contemplada en los estatutos cuando se vea necesario. En lo que a mí respecta creo que siempre es positivo que en las organizaciones políticas exista la crítica (constructiva, por supuesto) y no una adoración sin contemplaciones al líder. En las organizaciones de izquierdas es algo intrínseco desde siempre y creo que es el mejor camino para conseguir lo que al final todos queremos que sea un partido político, que no es otra cosa que una herramienta útil para la sociedad a la que se aspira a representar con la aportación de muchas voces y no de pocas manos.

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