Aznar y su miserable legado


Cuando oigo ese estribillo, cada vez menos coreado, de que Aznar fue el mejor presidente de la democracia, me da la risa floja. Ya hemos tenido que tachar tantas cosas de los trending topics: que Rato había sido el mejor ministro de Economía, que el PP había limpiado España de corrupción, que Gallardón era moderno (¡ay, ay!), que Cascos era un genio, que Rajoy era pasajero. Dónde habrá quedado el aznarismo y su gloriosa década prodigiosa de canapés para todos, relegado ahora al rincón de pensar, molestón e inoportuno para los actuales dirigentes populares.

 Aznar era hasta ahora como el pequinés mimado de una millonaria, no dejaba de gruñir y reclamar su sitio en el mundo, la gran autoridad de la derecha española, el no va más con pulserita de la bandera. Poco a poco los que eran los suyos le van limando los colmillos y la historia, pese a él mismo, lo va llevando a su lugar. El lugar desde el que generó la mayor crisis inmobiliaria y económica desde la guerra de Cuba, el lugar desde donde vendió las joyas del Estado a los amiguetes. Donde generó el caldo de cultivo de un plantel de caraduras de mucho más tonelaje que Roldán. Sí, Caja Madrid era sin duda un modelo de gestión: la que no se debe hacer. En eso de las cajas es cierto que hay batacazos para todos, a diestra y siniestra, pero lo de los amiguetes de Aznar y su asalto pirata se sale de la tabla.

El aznarismo nos ha llevado a donde estamos, a la crisis que nunca debió ser. Cuando la economía se ponía al rojo, él le echó gasolina sin pensar en las consecuencias. De sus nefastas decisiones y de su descontrol interno del PP se deriva el tremendo deterioro de la imagen actual de los políticos en general. Puede que Zapatero se equivocara a menudo y que gastara a lo loco lo que ya entonces debía haber sido controlado, pero ese tren iba ya por unos raíles en los que Aznar lo había lanzado ya a toda máquina. El final era más que previsible.

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