Batallas y escaramuzas


El año del que llevamos apenas unas semanas es, como se viene diciendo, decisivo en muchos asuntos que se verán marcados por los acontecimientos previstos. Tomará posesión en unos días Donald J. Trump sin haberse desenganchado de la cuenta de Twitter. La UE tratará de celebrar el 60º aniversario del Tratado de Roma con el riesgo de descarrilamiento del proyecto europeo más presente que nunca. La extrema derecha probablemente entre en el Bundestag, dispute la victoria electoral en Holanda y llegue a la segunda vuelta de las presidenciales francesas con posibilidades reales de ganar. Las elecciones en Ecuador y Chile permitirán comprobar si el giro a la derecha se expande por Latinoamérica. Los conflictos y crisis de -entre otros lugares- Siria, Palestina, Sahara, Libia, República Centroafricana, Este de Ucrania, Yemen o Sudán del Sur, las aspiraciones cada vez menos escondidas de los países con pretensiones imperiales y la propia acción del terrorismo, continuarán sacudiendo el planeta y poniendo en juego su estabilidad. El auge del autoritarismo, la devaluación de la democracia o la persistencia de los efectos sociales de la crisis -con una recuperación más bien tenue- no pondrán las cosas nada fáciles. No obstante, algunos de los debates de nuestro tiempo y de un futuro no tan lejano seguirán sin ser abordados en la arena política, mientras los ritmos de la economía, las transformaciones en la organización de la producción (en la que el factor trabajo parece contar cada vez menos), la revolución tecnológica y los movimientos geoestratégicos que agitan nuestro mundo, condicionarán el entorno en el que puede desarrollarse la actividad democrática, cada vez aparentemente con menos campo para la actuación.

En este contexto de enorme incertidumbre, involuciones preocupantes y meritorias resistencias, habrá batallas y escaramuzas. De las segundas, los espacios en los medios y no digamos las redes sociales están poblados de muestras continuas que animan el entretenimiento político y nos dan la falsa sensación de ser partícipes de algo que se mueve, aunque las cuestiones cardinales vayan por otros derroteros. Los protagonistas de estas agarradas nos hacen parecer que la vida nos va a todos en ello; pero la mayor parte de las veces, visto en perspectiva (y sin necesidad de tomar singular altura) no se trata más que de materia secundaria en la que se abusa a las primeras de cambio de invocaciones infladas, que acaban por agotar y desgastar el mensaje para cualquier uso. No obstante, quienes interpretan y amplifican la pequeña pugna toman rehenes entre aquellos que se dejan arrastrar por esa corriente. Las trifulcas partidarias de la izquierda son muchas veces de este carácter, con el penoso añadido de que -tradición obliga- es necesario teorizar todas y cada una de las diferencias, tratando penosamente de demostrar que se tiene un mejor anclaje con los principios fundacionales o, peor aún, poniendo a cada uno en marcha la escala inquisitorial de la pureza ideológica o de la cultura y el espíritu de partido.

Evidentemente, todas las grandes conquistas se desmenuzan en pequeñas tareas y se alimentan de las decisiones adoptadas en cada controversia, también las secundarias. Un cierto grado de apasionamiento, naturalmente, es comprensible y hasta deseable en cada discusión. Pero, sin aprender de los muchos errores repetidos (el primero, las profundas divisiones), la irresponsabilidad en la gestión de las discrepancias internas parece ir aumento, cuando el calibre de las palabras y acusaciones es mucho más grueso que, puesto en conjunto, el motivo del conflicto; véase a modo de ejemplo la retórica empleada en cuestiones organizativas de congresos y asambleas en el PSOE y Podemos. El resultado es que, cuando acaba la contienda interna, toca trabajar para impulsar procesos serios de cambio y fortalecer las organizaciones políticas desde la base, la materia prima con la que se tiene que construir algo pretendidamente mejor -la militancia- ha sido tan maltratada, empujada a la fiebre de la discordia y lanzada a la diatriba interna (ahora elevada al cubo con las redes sociales) que difícilmente se restaura el daño hecho.

Mientras tanto la izquierda política pinta poco en los debates esenciales y las cuestiones capitales pasan por encima como apisonadoras.

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