Tiene usted carta de Hacienda


Cada vez que a un ciudadano corriente como yo le llega una carta de Hacienda, el ciudadano en cuestión pierde el temple y la valentía. En un proceso kafkiano, antes de leer empieza a repasar su vida escrutando posibles pecados contra la integridad de Montoro, preguntándose mientras firma el certificado (Hacienda siempre es muy pomposa con sus envíos) en qué ha podido ofender al todopoderoso ministro. Qué vicio oculto, real o imaginario, ha encontrado en su historial para provocar su ira. Sin embargo, para el ciudadano normal suelen ser notificaciones irrelevantes, la necesidad del ministerio de parlotear constantemente, la justificación vital y salarial de algún funcionario poco útil o vaya usted a saber. Tal vez el deseo de advertir a los ciudadanos corrientes que vigila, siempre vigila, que nada escapa a su control. Por lo que leemos luego en los periódicos, esto es, naturalmente, una ficción o un pitorreo. Es decir, el control que se ejerce sobre los corrientes nada tiene que ver con el que no se ejerce sobre algunos otros no tan corrientes. Das una patada en el suelo y caen del árbol diez mil defraudadores de los cuentas en Panamá, incluidos ministros. Y para tener cuentas en Panamá no se puede ser un corriente. Se me ocurre una docena de nombres, pero baste fijarse en el tal Bárcenas, el apestado del PP. Resulta que el tipo hacía ingresos de decenas de miles de euros en efectivo por una ventanilla y nunca pasaba nada. No había advertencias, ni alarmas en el ministerio, no salían los Geos a buscarlo. Si yo o usted hiciéramos eso, no me cabe la más mínima duda, recibiríamos nuestro correspondiente certificado pocas horas después, y con mucha negrita en la carta. Una vez hice de jurado en un premio poco importante y creo que me pagaron algo así como 50 euros, impuestos ya descontados. Pues bien, cuando meses después me tocó hacer la declaración de la renta, ya no me acordaba. Dónde estaría semejante dispendio. No obstante, Montoro en su memoria infinita y escasa misericordia, sí se acordaba: no sólo figuraban en el borrador, sino que el funcionario de turno me advirtió, cuidadín con no declarar ese ingreso. ¿Nunca le llegaría una carta certificada a Correa, a Urdangarin, a Matas, a Rato? Tal vez un secretario celoso rompía el correo y ellos no se enteraban. Pero me da que la agenda del ministerio contiene siempre las mismas direcciones, los mismos nombres, las mismas cuentas bancarias, mientras los jueces no digan lo contrario.

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