Desechos alternativos


Frank Luntz anunció que se iba a Nueva Zelanda. Confesó que, por desgracia, sabía que se acercaba la caída del imperio americano. Aseguró que no quería presenciarlo, por eso se marchaba de Estados Unidos. Dijo que la política se había roto en dos. «Nadie escucha, nadie aprende». Luntz no es socialista, esa palabra que se atrevió a utilizar Bernie Sanders y que para tantos estadounidenses es un insulto. No forma parte de los rojos de Hollywood. No es ecologista. La verdad es que ni siquiera es demócrata. Es un gurú conservador que inició la operación de acoso y derribo contra Barack Obama. ¿Qué prometió Obama? ¿Unión? Pues habrá que atizar el fuego de la división, responderle siempre con un «no». Cueste lo que cueste. Luntz y sus colegas fueron alimentando una bestia que ya no pudieron controlar. Los más radicales del partido se pusieron a los mandos. Provocaron el cierre del Gobierno. Se inventaron de todo sobre el Obamacare. «¡El Ejecutivo va a decidir quién muere!». Intolerable. Mucho mejor depender de una aseguradora. Los ultras no se conformaban con calentar la caldera, quería dinamitar la cocina. Lo cuenta el documental A House Divided. En él Luntz prometía mudarse a Nueva Zelanda. «Tengo terreno allí». Pero, tras la toma de posesión de Donald Trump, el asesor parece haber aparcado su apocalipsis. Hay tormentas que amainan con el poder. Ahora Luntz cree que son otros los que no escuchan, no aprenden. Es la prensa la que se centra «en el reality y el drama» frente a un Trump volcado en el empleo y la seguridad nacional. Muchos pasan estos días de invierno al calor de los hechos alternativos. Mejor un desecho alternativo propio que la fría verdad de cualquiera.

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