Parece que llega el tiempo del mal menor


Es habitual en cualquier democracia que un elevado porcentaje de electores se vea obligado a votar por la opción que considera menos mala. No me refiero a los que se muestran indecisos hasta el final, siempre una minoría, aunque con frecuencia decisiva, sino a quienes, aunque tengan clara su elección meses antes de los comicios, votan sin entusiasmo. Me decía hace tiempo un amigo que el votante se parece al hincha del fútbol, se identifica con unos colores y no suele abandonarlos en toda su vida. Supongo que lo que ha sucedido en España desde 2011 le habrá convencido de que es mayor la fidelidad a los equipos de balompié que a los políticos.

No me gusta demasiado convertirme en paradigma, pero confieso que el desastre de esta temporada me ha conducido a dejar de ver los partidos del Sporting, sin que eso suponga que haya dejado de ser sportinguista. Más bien se trata de una medida terapéutica, me voy haciendo mayor y prefiero evitar los riesgos para la salud, pero sigo mirando los resultados cada fin de semana con la esperanza de que se produzca el milagro. En cambio, aunque en ese terreno siempre he sido más promiscuo, abandoné hace unos años al partido por el que con más frecuencia había votado y, aunque mi nueva pareja no puede considerarse estable, he llegado a un punto en el que casi prefiero ni saber lo que le sucede a la anterior. Algo parecido me sucede, aunque mi lealtad en ese caso fue total, con el periódico madrileño que leí diariamente desde 1976. Mi padre me comentaba lo fieles que son los lectores, algo que, como la afición futbolística, suele heredarse, y el activo tan importante que supone para un diario, por eso quien lo olvida y provoca su desafecto comete el mayor de los errores.

Parece que la última tendencia es a que, en todo el mundo, las opciones se reduzcan a tener que escoger entre el mal absoluto o el mal menor. Fue lo que sucedió en EEUU y, aunque la mayoría eligió el mal menor, el disparatado sistema electoral convirtió su gesto en inútil. Ahora toca Francia, país que siempre ha tenido una gran influencia en la política española. La derecha convencional va camino de tener que improvisar un candidato de última hora o confirmar a un Fillon condenado a la derrota por unos escándalos que no ha sabido justificar y para los que parece insuficiente limitarse a pedir perdón, especialmente con una opinión pública muy sensibilizada con la corrupción. El dividido y desprestigiado partido socialista ha elegido a un hombre del aparato, alguien que carece de carrera profesional, aunque es licenciado en Historia, y que ha dedicado toda su vida a la política. Como Mitterrand o el propio Hollande, se presenta con un programa radical que, a la luz de la experiencia, muchos electores de la izquierda supondrán que solo intentará aplicar el primer año de su mandato, para después dar el consabido giro hacia la derecha, pero que servirá para que no logre atraerse el voto moderado.

Quien se perfila como rival de la ultraderechista Le Pen en la segunda vuelta es Emmanuel Macron, licenciado en filosofía y en ciencias políticas y formado como inspector fiscal en la ENA, la escuela de las élites francesas. Un socialista que trabajó en la banca Rothschild, capaz de atraer votos de la derecha y de la izquierda moderadas y quizá de ganar con los de los electores menos atemperados de ambos signos que se horrorizan con la perspectiva de ver a la admiradora de Trump al frente de la república. Algo parecido a Hillary Clinton, con la ventaja de que la derecha radical es menos fuerte en Francia que en EEUU y de que le basta con obtener más votos para ganar las elecciones. No era muy distinto el caso de Renzi en Italia, tuvo que dimitir porque lanzó un órdago a destiempo, pero no sería raro que volviese.

En el fondo, todo se debe al desconcierto de la izquierda. Las únicas alternativas sólidas al sistema que se han consolidado tras la crisis son las de la derecha radical. España, Grecia y Portugal parecieron abrir un camino distinto, menos en el último caso, donde los socialistas salieron mejor parados; más en el de Grecia, donde los herederos del eurocomunismo lograron llegar al poder cuando este había desaparecido en todas partes, pero, con un país quebrado, tuvieron que doblegarse ante la UE y el FMI. En España, Podemos parece empeñado en conseguir que desparezca la ilusión que pusieron en él más de cinco millones de electores. Sería un grave error que se configurase una dirección de Pablo Iglesias o de Íñigo Errejon. Tiene razón el segundo en que ambos son complementarios. No comparto su rechazo al pacto con IU, pero tampoco los vaivenes ideológicos y temperamentales de Iglesias.

Errejón es más ágil y directo en los debates, su vehemencia no agresiva le permite ser más convincente y es menos dado a los circunloquios vacios en que cae Pablo Iglesias cuando desea aparecer como moderado o evita preguntas incómodas. También son acertadas la defensa de la pluralidad interna, la afirmación de que Podemos precisa convencer a una mayoría de que es capaz de gobernar si quiere llegar a hacerlo algún día y la convicción de que es necesario llegar a acuerdos con el PSOE, pero necesita un contrapunto de izquierda sin el que la organización corre el riesgo de desdibujarse y de perder a los votantes tradicionales de IU, imprescindibles para ganar unas elecciones.

Lo curioso de la situación española es que el PP de Rajoy ha logrado conservar los votos de la derecha radical y parece que recupera parte de los de la moderada y de los más críticos con la corrupción. Rivera no ha conseguido fortalecerse como alternativa a los conservadores, más bien aparece como un complemento, quizá temporal. En cambio, la izquierda está empeñada en autodestruirse. No parece que aquí vaya a poder prosperar un Macron, tampoco una Le Pen. Rajoy es capaz de hacer un día las políticas más conservadoras con el mayor sectarismo y de aparecer como un moderado dialogante y casi socialdemócrata si las tornas cambian, siempre sin perder la compostura. No despierta entusiasmo, pero tiene la enorme ventaja de que los demás tampoco y, si alguna vez lo consiguen, rápidamente se encargan de aguarles la fiesta a sus simpatizantes. Quizá sea el único que realmente quiere gobernar el país y por eso lo consigue sin demasiadas dificultades, los demás parecen conformarse con intentar controlar su chiringuito.

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