Ken Clarke


Como John Wayne en Monument Valley. Consciente de su soledad. Mayor para aventuras. Con un traje del viejo estilo, donde no hay lugar para entallados. Era una excepción. Los suyos habían elegido el camino fácil. Él no. El exministro británico y diputado conservador Ken Clarke tomó el turno de palabra en el Parlamento y explicó por qué iba a votar contra el brexit. Recordó que nunca ha sido partidario de los referendos, que hay cuestiones que no se responden con un «sí» o un «no». Aseguró que no se sentía un traidor porque, a diferencia de otros, mantenía su postura, consideraba que la salida de la UE cortaría las alas de sus hijos y sus nietos. Destacó la genialidad de unos políticos que se embarcaron en la carrera electoral sin exigir previamente que la decisión pasara el filtro de Westminster, algo que forzó a posteriori la batalla judicial de una ciudadana. Criticó los «patéticos» argumentos lanzados durante la campaña. Elogió (con ironía) la flexibilidad de muchos de sus compañeros tories para abrazar la causa antieuropea después del 23 de junio del 2016. «Vieron la luz camino a Damasco. A mí se me ha negado», apuntó. Dijo que, como le ocurrió a Alicia, espera que, metiéndose en el hoyo, acaben emergiendo en el país de las maravillas. Y señaló que su partido ahora era tan «antiinmigrante» que hasta Enoch Powell (antiguo diputado unionista conocido por sus posiciones racistas) estaría sorprendido. El laborista Alan Johnson escribió en The Guardian que Clarke no tiene razón, que si el Parlamento se hubiera opuesto al brexit habría destruido la confianza de los británicos en la democracia. Pero en la primera frase de su artículo reconoció también que fue uno de los mejores discursos escuchados en Westminster en los últimos veinte años. Ken Clarke.

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