Alivio y desconfianza


Deja incógnitas por resolver. Quizás sea el mejor resumen de la sentencia del caso Nóos. Lo hizo el juez Castro, que también se mostró sorprendido por el fallo. Y es que aunque la condena de seis años y tres meses a Urdangarin deja un cierto alivio por saber que la Justicia funciona, presenta otros aspectos que llevan a la sorpresa, cuando no a la desconfianza y la suspicacia.

Atrás queda el auténtico castigo infligido a Cristina de Borbón y a su marido. El de verse rechazados, abucheados, despojados de condecoraciones, nombres de calles y títulos de la realeza y sentados en el banquillo. Pero la sentencia no cierra los muchos ángulos que el caso abrió en estos años. Urdangarin, con el apoyo ciego de Cristina, sigue sin reconocer su culpabilidad y mantiene la inocencia considerando que es la víctima elegida para salvar a la Casa Real, que, según asegura, lo apoyó en algunas de sus andanzas.

Porque resulta indiscutible que Urdangarin no trabajó en solitario. Difícilmente podría haber cometido tales desmanes sin el apoyo de otros insignes ciudadanos que no figuran en la sentencia. Como no figuran las numerosas empresas privadas que facilitaron la mitad de los ingresos de Nóos. Ni públicas, que tampoco están. Como difícil resulta de aceptar que la infanta, una persona con estudios universitarios y trabajando en una multinacional, confunda una secretaria con un cocinero o desconozca todo lo relativo a contratos, facturas y legalidades. El fallo avala la teoría de que el amor es ciego y lo eleva a precedente.

Por eso la sentencia, que habrá que leer con detenimiento porque tiene más páginas que Crimen y castigo, deja alivio pero también desconfianza. Alivio a quienes salieron indemnes y desconfianza a los millones de ciudadanos necesitados de un castigo ejemplar.

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