Políticamente correcto


Millones de estadounidenses todavía se preguntan cómo ha podido ocurrir. Como si Donald Trump, en su ascenso, no hubiera dejado miguitas. Antes de las elecciones dijo que era un escándalo que el PIB de su país estuviera por debajo de cero, como si dentro de sus fronteras no se hubiera producido ni un solo bien ni servicio en el último año. Afirmó que más del 40 % de la población estaba desempleada (el paro de Grecia y de España, una anécdota al lado de los impasibles americanos). Lo de ahora no es nuevo. Es más de lo mismo. Las incoherencias del presidente son absolutamente coherentes con el pasado reciente del personaje. Y en América muchos liberales creen que la oposición continúa aturdida, como antes de la derrota, rehenes de lo políticamente correcto. «No se puede llevar una navaja a un tiroteo», lamentan algunas voces en las mesas de las tertulias políticas. Se va extendiendo poco a poco la idea de que a los demócratas, como a los socialistas y a los laboristas, los están adelantando por la derecha y por la izquierda porque, cuando parte del barco se hundía, ellos se dedicaban a suavizar las aristas de sus discursos con su lima de uñas. Las formas, templadas, para que ningún potencial votante se queme. Y el fondo, también. Intentando no molestar a nadie. Para acabar, probablemente, en tierra de nadie. Mientras, otros sacaban las garras para destrozar a adversarios convertidos en gelatina, que se dan por satisfechos con posar con una sonrisa, con inventarse una nueva palabra de género femenino, con el simple hecho de haberse conocido. Hasta que conocieron a Trump, a Le Pen, Wilders...

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