Catalá y la boca que jamás se cierra


El ministro de justicia debería ser como la música en el cine: si se oye mucho, es que no hace bien su función. Rajoy no acierta ni de globo con la banda sonora judicial. Desde el clamoroso y barullero Gallardón, que las lió pardas a puñados en menos de tres años de ejercicio, no hay paz para los togados. Gallardón, al que el común tenía erróneamente por un político centrista, moderado, conciliador, se mostró en Justicia como un temible perro de presa con más carga ideológica que el nuncio de Roma. O sea, lo menos adecuado para el cargo.

Hay muchos que piensan que colocar de notario mayor del reino a un cuerpo extraño a lo judicial es un error; yo no lo creo así. Creo a mi pesar en el poder civil y por lo tanto en el político, por encima de los demás, sean reales, fácticos, castrenses, obispales, gay power o todo a la vez, que también es posible. Es decir, no me parece que el ministro de Justicia deba ser un profesional de la carrera necesariamente. Como no creo que el ministro de Economía tenga que ser economista, ni el de Sanidad, médico, por ejemplo. De hecho, es mucho mejor que no sea así. Puede ocurrir que un nombramiento endogámico ayude al jefe a comprender y resolver problemas, desde luego, pero no es lo importante. Lo imprescindible es una persona preparada e inteligente ajena al corralito, que contaría con la enorme ventaja de no ser parte interesada de lo administrado.

Dicho esto, parece pasarse de frenada traer a un político puro como Rafael Catalá, que venía de Fomento y había pasado por un montón de cargos de lo más dispar, para una cosa tan delicada. Pero eso no es lo peor, o no es malo en sí. Lo malo es que Catalá actúa como un auténtico bulldozer en un ministerio que no lidia con hormigoneras o camas de hospital, sino con nada más y nada menos que el tercer poder del Estado. Una pecera de pirañas, vaya, que me disculpen sus señorías. Y lo hace con desparpajo, sin despeinarse en las curvas. La última ha sido la del follón de la Fiscalía, donde ha actuado seguramente a instancias de su mentor como un Rasputín con motosierra. Ya es incómodo, por decirlo finamente, que la Fiscalía dependa del Gobierno (señores padres de la Constitución, que cagada ese artículo 124) y que sea jerárquica hasta lo ridículo (léase Horrach). Pero que el asunto se trate como lo haría la Camorra, amenazando y dando puerta a los independientes, ya cae en el dadaísmo. De diálogo con la oposición, etcétera, ni por el forro.

Y no sólo eso. Catalá habla de todo y se mete en todo, y de todo suelta bobadas. Como cuando dijo que el Gobierno no tenía que pedir perdón por los tremendos despropósitos del accidente del Yak o cuando sugirió que habría que sancionar a los medios de comunicación que informaran de asuntos bajo investigación judicial. Ole la libertad de prensa. Y así una buena docena más. Es que se calienta y no da más, revienta por las costuras, suelta la estupidez y ya no la puede volver a meter en la boca. Lo malo es que conociendo al presidente, un ministro es como un matrimonio por la iglesia durante la legislatura. Indisoluble. Por mucho que haga el clown tenemos Catalá para rato, es marca de la casa. Si no lo frena antes una mayoría parlamentaria que aún no sabe que lo es y anda perdida en laberintos congresuales.

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