Perder la agenda, perder la partida


Observar los avatares de la vida política y analizar lo que sucede para, a posteriori, tratar de explicar las cosas que ya han pasado, está convirtiendo a los politólogos, a fuerza de ir detrás de acontecimientos cada vez más acelerados, en un remedo de la mayoría de economistas que no atisbaron la crisis a semanas vista y se limitaron a intentar desentrañar las causas cuando los empleados de Lehman Brothers comenzaron a enfilar la puerta de salida con sus enseres en cajas. Ahora que sociedades en las que se consideraban fuertemente asentados los valores democráticos se deslizan por la pendiente del autoritarismo y se busca refugio en identidades nacionales -para arrojarlas a la cara de las minorías-, pocos parecían intuir la profundidad de la herida y que estaban en serio riesgo instituciones y relaciones políticas tan asentadas (hasta el vínculo transatlántico y la propia Unión Europea) que las creíamos casi invulnerables. De ahí que pocos tomasen en serio a Trump, considerasen un fantoche anecdótico a Farage, despreciasen el papel disolvente de Beppe Grillo, no imaginasen que la xenofobia más cruda fuese a entrar en el Bundestag o creyesen inimaginable que Marine Le Pen estaría en condiciones de disputar las presidenciales, por poner ejemplos en los que cristaliza el tiempo oscuro que nos toca vivir.

Esto ha sucedido pese a que los avisos habían sido numerosos, si repasamos acontecimientos, no tan lejanos, como fue la llegada a la segunda vuelta del viejo Le Pen, el deterioro democrático de la Italia berlusconiana, la convulsión política del Tea Party, la proliferación del discurso securitario o la supeditación abierta de los Derechos Humanos a la «Guerra contra el Terror». A este respecto, por cierto, no fue Trump quien impulsó y defendió primero el waterboarding ni la apertura del centro de detención de Guantánamo; él simplemente lo replantea sin tapujos.

Tampoco es novedosa, desde luego (a gran escala proviene, como poco, de la vieja prensa amarilla de Pulitzer y Hearst), la utilización de la intoxicación política o la propaganda soez, ni nublar con el abuso de las emociones el afán de verdad y conocimiento que se nos supone, aunque sea cierto que el fenómeno haya adquirido con las redes sociales una nueva dimensión, verdaderamente inquietante. Nadie anticipó -o al menos su voz no tuvo suficiente proyección pública para que se escuchase fuera de la academia- que el desprecio a los valores democráticos, a la integración de las minorías y a la cohesión social sería un capital político rentable. Ahora, ante la estupefacción por el cariz que va adquiriendo el mundo que construimos, nos seguimos constriñendo, por desconcierto y por temor, a preguntarnos qué será lo siguiente y, como mucho, a la búsqueda de explicaciones plausibles.

Hubiera sido mejor no haber dejado que, por tacticismo o por insuficientes convicciones propias, dominasen la agenda política y el debate público las materias y los enfoques de los que populistas y reaccionarios se han beneficiado, y a los que han aportado con temible habilidad su propia estrategia de agitación y tergiversación. Cuando Sarkozy llamó racaille («chusma») a los partícipes de la revuelta de la banlieue o pretendió encabezar un intento de recuperación identitaria francesa, abrió paso a la hegemonía del Frente Nacional en la derecha. Al no confrontar con el discurso del victimismo y de la supuesta ruptura con la burocracia gobernante, Hillary Clinton cedió la iniciativa política a Trump. Antes de que en los mítines de Trump el grito de guerra de los teóricamente «olvidados» por los manejos del poder federal fuera Drain the swamp! (que, en nuestro lenguaje político, sería algo así como «¡fumigad(los)!»), recordemos que el mensaje de recelo institucional y de «cambiar Washington» ya era moneda común de candidatos republicanos y demócratas, incluso los que consideraríamos del establishment. Los líderes de países europeos que imputaron sistemáticamente a Bruselas todos los males que sus políticas fiscales nacionales de irresponsabilidad presupuestaria produjeron, o que animaron a que se proyectasen hacia la Unión -por estar visible y a tiro- las frustraciones emanadas de la impotencia ante la crisis, crearon el caldo de cultivo para que la eurofobia se abriese camino hasta convertirse en el ambiente y discurso predominante (no sólo en el Reino Unido). Todo oportunismo, cuando resulta exitoso, deja una huella que puede utilizarse, con amplitud mayor y fines mucho peores, por quienes observan cómo funciona y advierten el provecho que pueden sacar si dejan cualquier escrúpulo al margen.

Los politólogos sí aciertan al constatar -y esto no es nuevo, claro- que quien gana la agenda (la selección de los temas que se abordan en la pugna), gana habitualmente la partida. En el combate contra el populismo y la «derecha alternativa», primero se pierde la agenda propia, asumiendo que los asuntos que pueblen el discurso sean los que convienen a estos movimientos, por muy entrampados que se presenten. Como si aceptar discusiones envenenadas y planteadas de manera torcida y maliciosa fuese inocuo o se pudiese remontar. A partir de cierto grado de dominio del debate, a la hora de elegir quien agitará más fuerte la bandera, quien intimidará más al vecino del que se desconfía, quien no tendrá reparos en azuzar los temores y envilecer el debate público o quien afilará más la lengua contra los «enemigos del pueblo», ya sabemos que se preferirá al genuino original que a cualquier triste imitador o a quien simplemente se deja arrastrar por la corriente.

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Perder la agenda, perder la partida