Jubilados de oro


Se acordarán de ellos las generaciones de niños que se han hecho mayores jugando descalzos al fútbol en esos campos de Dios, que no son ni de tierra, aunque una tarde cualquiera puedan convertirse en el cielo improvisado. Los recordarán las chicas, las mujeres tratadas como futbolistas de cuarta en pleno Mundial, y las niñas que vieron pasar de largo la pelota, como toda la vida. Les dedicarán algún que otro pensamiento los ingenuos que creían que podrían organizar un torneo internacional sin vender una pila de almas al diablo. Todos ellos los tendrán en mente. Aunque, en realidad, cualquiera debería dedicarle por lo menos un par de pensamientos fugaces a los jubilados de oro del fútbol. No, no se trata de estrellas retiradas que viven de sus mejores años. No son entrenadores que cambiaron el rumbo del juego, maestros del ajedrez viviente que ejecutaron más de un jaque mate sobre el tablero verde. Aquí hay pocos laureles. Son los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA, personas que decidieron regalarse jubilaciones millonarias, planes de pago que podrían escandalizar hasta a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que ya es decir. Y en ese particular campeonato del mundo del relleno del bolsillo gana Ángel María Villar. Hay que entenderlo. Otros españoles disputan con pesar la prórroga que les han endosado en su camino hacia la pensión. En cambio, a Villar jubilarse le cuesta un riñón y, por justicia, se adjudica parte del otro para que la retirada no sea tan amarga (bonita cuenta de ganancias y pérdidas). Alguien dijo que jubilarse es como empezar unas largas vacaciones en Las Vegas, la idea es disfrutarlo al máximo, pero no hasta el grado de que se acabe el dinero. Como para no acordarse.

Valora este artículo

0 votos

Jubilados de oro