Canguelo en las filas


Está en los genes del PSOE ser un partido rebeldón, contradictorio, discutidor consigo mismo, aunque a veces se porte como un elefante viejo, lento e inseguro. La guerra fría que se viene librando desde el golpe ha pasado a ser caliente una vez que Susana Díaz sale de la retaguardia y decide que es el momento estratégico de atacar con la artillería pesada, todos los mitos del partido sentados en una fila como los cardenales de un cónclave incierto. Y es incierto por muchos motivos: porque el PSOE, afortunadamente, tiene desde sus bases la sana costumbre, más a menudo de lo que les gustaría a sus dirigentes, de enfilar su propio sendero y no lo que manda el pastor; porque todos esos mitos sentados en primera fila el pasado domingo se fueron tras perder sendas elecciones clamorosamente y por tanto son leones sin colmillos; porque aún está por comprobar el nivel de cabreo real por el sí a Rajoy; porque el dominio un tanto prepotente de la federación andaluza sobre el resto resulta ofensivo para los demás. Todo eso lo saben de sobra los apparatchik y les produce por momentos un efecto colon irritable.

Pedro Sánchez tiene en su columna del haber esos factores, pero también están por contabilizar sus apuntes en contra: un permanente cabreo institucional que posiblemente hace desconfiar a muchos de su capacidad de estadista, un carisma personal menguante y sobre todo el temor del personal a una vuelta de la incertidumbre sistémica. La repetición eterna de elecciones sin resultados claros, la parálisis de todo y a costa de todo: puede que muchos votantes socialistas prefieran dar la legislatura por perdida y recomponer sus filas aprovechando la pausa en lugar de lanzarse de nuevo al abismo con resultados más que dudosos.

Mientras en la superficie se produce el maremoto, el epicentro real, el origen de todo, es el cataclismo del bipartidismo, la revolución de los votantes contra la ley D’hondt. Lo que de verdad está por ver en los próximos años no es si el PSOE se recupera de su guerracivilismo, siempre lo hace, sino si la división del voto en cuatro o cinco partidos de tamaños similares vino para quedarse o si, por el contrario, las aguas vuelven a su cauce. Si es que existe un cauce.

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