Borrachera de poder


No sé si resulta útil estimar la contribución del alcohol a la construcción europea, entre el humo de los cociliábulos en los que se ha venido armando el puzzle de la Unión desde mediados del siglo pasado.

Ahí tenemos al Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, exhibiendo sin asomo de pudor su reputación como habilidoso estratega y mediador de tabaco y copa; muñidor de acuerdos no solo entre gobernantes europeos, sino entre bancos y gobiernos como el suyo, cuando era Ministro de Finanzas y Primer Ministro de Luxemburgo, como arquitecto de uno de los mayores coladeros fiscales del mundo. Un político tecnócrata que ha manejado todos los resortes de poder continentales en busca de un federalismo controlado por la Comisión, que no se ruboriza mientas reconoce públicamente que uno de los recursos del político en los momentos difíciles, como «La Crisis», es la mentira, pero es capaz de ruborizar al Presidente del Consejo Europeo y a la Primera Ministra de Letonia cuando, en la recepción de la Cumbre de Riga de mayo de 2015, nos obsequia, una vez más, con un espectáculo del que un oportuno pero improbable control de alcoholemia nos habría privado.

Ahora, su sucesor en la Presidencia del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, alude a la falta de fiabilidad de quienes, en los países más afectados por la crisis -es decir, los de los estafadores del sur, estafados, a su vez, por los del norte-, se gastan el dinero en copas y mujeres. En un ejercicio de ingenuidad, quiero creer que, desde el rigor calvinista con el que se excusa, se trata de una recriminación a colegas suyos con inmerecidos puestos de responsabilidad en gobiernos y bancos -no sé sabe muy bien dónde acaban unos y empiezan otros- que hacen un uso obsceno de los «gastos de representación» y otros fondos opacos mientras se abandonan a orgías de despilfarro y especulación respectivamente, arruinan sus respectivas entidades, y luego reclaman ayudas que pagamos los contribuyentes, de toda Europa, parece ser, para evitar la quiebra.

Haya o no alcohol de por medio, lo que sí se da, invariablemente, en los contubernios globalizadores, es el afán enfermizo de controlar el acceso a los recursos, propio de la plutocracia disfrazada de democracia en la que vivimos. Una necesidad de acaparar por parte de quienes, ya ebrios de riqueza y poder, necesitan no solo ocultar su tesoro a los mecanismos de redistribución, sino encontrar nuevas formas de parasitar el cuerpo social; de parasitar la vida.

Estos días se celebra el 60º aniversario del Tratado de Roma que, aunque se toma como evento fundacional de la UE -la CEE entonces-, no dejó de ser un paso más en la configuración de un espacio sin barreras para un lucrativo trasiego de recursos. Como expuse en el artículo anterior, dadas las tensiones geopolíticas y económicas acaecidas desde la Revolución Industrial, se consideró oportuno, en la primera mitad del siglo XX, desarrollar políticas sociales que crearan un marco de desarrollo estable y frenaran la influencia bolchevique. La regulación económica y la implementación del Estado del Bienestar pusieron freno al ímpetu capitalista; la socialdemocracia ganaba relevancia y el comunismo crecía significativamente en Europa en respuesta al dramático deterioro de la calidad de vida después de la Gran Depresión y por oposición a la brutal eficacia del fascismo y el nazismo. En ese contexto, diez años antes de la firma del Tratado de Roma, el Presidente Truman, preocupado por la amenaza «socialista», puso en marcha un plan de contención -la doctrina Truman- consistente en una montaña de dólares que hiciera girar la cabeza de Europa hacia occidente: el Plan Marshall. Una montaña de 12 mil millones de dólares de altura (el 1,2% del PNB de EEUU). Una «ayuda» que no era desinteresada, obviamente; tenía condiciones: los países que se acogieron al plan se vieron obligados a constituir la OCDE (inicialmente OECE) y a aplicar planes de liberalización del comercio, además de planes bilaterales que beneficiaban a las exportaciones americanas a Europa.

De alguna manera, el concepto «Unión Europea» salió de un laboratorio en el que se experimentaba con tratados comerciales, entre otros artefactos, para emplearlos como vacuna para prevenir las infecciones de resistencia al neoesclavismo.

Las vacunas están caducando, pero el conciliábulo desde el que se recetan, el Eurogrupo, persevera en el encarnizamiento terapéutico para mantener con vida un cuerpo exangüe, infestado de parásitos financieros. Y su Presidente, un paradigma de socialdemócrata colaboracionista llamado Dijsselbloem, aunque asegura que en sus reuniones está prohibido el consumo de alcohol, lleva unos días con una resaca de campeonato.

¿Y la próxima semana?

La próxima semana hablaremos del gobierno (local, y sus parásitos).

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