De vosotros, los jóvenes


Redacción

Tan error es pensar que toda militancia se opone por sistema al aparato como creer que la militancia es un ente autónomo y no una suma imperfecta de personas, cada una con su equipaje de logros y fracasos, con sus miserias íntimas y con su comprensible cuota de ambición. También con su propia lectura del pasado. Hay militantes que jamás se opondrán al aparato porque entienden que la infalibilidad de éste es igual o superior a la de Cristo y, lejos de ver en sus antiguos mandatarios el espejo donde se reflejan los liderazgos de otro siglo, aún conciben a sus antiguos capitanes como santos laicos que tan pronto obraban el milagro de los 202 como predicaban la parábola del tahúr del Mississippi. Otros no llevan a sus espaldas ese bagaje histórico, pero sí han llegado a tiempo de aprender lo fundamental: que fuera del aparato hace mucho frío y que hay que estar siempre a bien con los que mandan si se quiere tener alguna oportunidad para prosperar en esta vida.

A Estela Goikoetxea, que pertenece a la Ejecutiva de las Juventudes Socialistas, la cogieron esta semana en un doble renuncio. Primero un medio de comunicación descubrió que había falseado su currículum. Después ella misma negó la mayor. Ante la evidencia de que sí lo había retocado, por decirlo suavemente, no le quedó más remedio que dimitir de su cargo en el Gobierno de Cantabria. No dimitió, sin embargo, de su puesto en la organización donde milita. Tampoco ha cancelado, que yo sepa, su participación en la ponencia política que prepara el PSOE para su próximo congreso. Lo raro no es que haya dejado su cargo en la Administración (no es en ningún caso una mártir de ninguna causa ni un ejemplo de honradez: se fue porque la pillaron) sino que se tomara la molestia de mentir cuando seguramente no le hacía falta, máxime ahora que por lo visto ni siquiera las universidades exigen el título a trabajadores que cabría suponer cualificados. Hay un problema de fondo en cómo conciben las organizaciones políticas aquellos que más interés deberían tener en protegerlas y mejorarlas. Me refiero a esos militantes que prefieren aceptar que el Pisuerga pasa por Zamora, y no por Valladolid, antes que contradecir a sus gerifaltes. También a los jóvenes que, lejos de mostrar la actitud crítica y hasta insolente que les debería venir de serie con la edad, se muestran complacientes con quienes llevan el timón porque saben que, si no, puede que les saquen la amarilla tras pitar fuera de juego.  No se trata del PSOE, porque ocurre en todas partes y donde aún no ha ocurrido terminará ocurriendo antes o después. Se trata de ese hacer carrera no a partir del talento o las capacidades de cada cual, sino mediante una rara meritocracia interna que mide la excelencia en función del número de veces que el aspirante tenga a bien cantarle lo de ojos negros tienes al secretario de organización de turno. Quienes se dan golpes en el pecho mientras lamentan la falta de interés que las nuevas generaciones muestran en la política deberían hacer examen de conciencia y mirar cómo han gestionado sus propios cuarteles. Aquellos que dicen trabajar con ahínco para recuperar el voto joven harían bien en preguntarse si va a ayudar mucho a ese objetivo el poner a hablar en nombre de los estudiantes sin futuro a alguien que no se ha molestado en terminar la licenciatura porque el sueldo le vino garantizado con su carnet de militante. Quizás estuviera bien asumir ciertas verdades, y ocuparse en remediarlas, en vez de reaccionar ante las críticas como aquel capitán Renault que en Casablanca entraba en el café americano de Rick para descubrir que aquí se juega. Tal vez lo importante sea, más que cambiar las caras, reorganizar la cosa para que los partidos políticos vuelvan a ser una herramienta para transformar la sociedad y no un espacio confortable bajo el que resguardarse. Los recién llegados, que deberían ser los más interesados en lograrlo, no siempre parecen estar por la labor.  «De vosotros, / los jóvenes, / espero / no menos cosas grandes que las que realizaron / vuestros antepasados», comienzan las conocidas estrofas de Ángel González. Era el suyo un poema irónico. Qué triste que haya quienes lo entiendan al pie de la letra.         

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