Diarrea británica


Los considero sabedores de ese nuevo fenómeno del pufo consistente en que los británicos que viajan a España regresan afectados por una gastroenteritis y unas diarreas que se los llevan por el corbatín. Parece ser que son miles los que, una vez en casa, presentan reclamaciones por haber ingerido alimentos en mal estado y exigen una indemnización a hoteles y restaurantes.

Los hoteleros españoles, especialmente los baleares, están muy preocupados en averiguar qué es lo que les puede haber sentado mal a la numerosa colonia de turistas británicos. Pero algunos tenemos el convencimiento de que la descomposición les entra cada vez que regresan a sus hogares y se percatan de lo mucho que han disfrutado, y de que dejan atrás un país divertidísimo que se gasta lo que no tiene en alcohol y mujeres, a decir del intelectual Dijsselbloem, y de la que se les viene encima con el brexit.

Porque, además de los 75.000 millones de euros que de buenas a primeras pierden, para ir abriendo boca, nadie duda de que a poco que la UE se ponga en su papel, Gran Bretaña se va a enterar de lo que vale un peine. Ya puede lady Theresa May hacer los chantajes que le vengan en gana porque la separación de Europa va a afectar al turismo, al comercio y al trabajo de nuestros jóvenes bien formados. Pueden despedirse de la City londinense; por no hablar de la crisis de inversión extranjera y empezar de nuevo en los acuerdos comerciales. La pérdida de poder adquisitivo lo dejamos para otro día.

Así que, vistas las cosas, parece muy comprensible la epidemia que les ha entrado a los británicos que reparan en las dificultades de los nuevos tiempos. Y no descartemos que padezcan una diarrea masiva. Y que incluso se agudice; porque a medida que se vayan enfrentando a la realidad llegará la deshidratación y puede que hasta un shock hipovolémico. No es la comida, son los efectos del brexit.

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