Dijsselbloem


Promete ser «aún más cuidadoso». La próxima vez quizás use la palabra «digestivos» para referirse al alcohol. Y es posible que sustituya la expresión «gastar el dinero en mujeres» por «acudir a lupanares». Jeroen Dijsselbloem ha vuelto al Parlamento europeo (ahora sí) y promete medir sus palabras para referirse a sus queridos vecinos del sur. El holandés ha conseguido un milagro. Que eurodiputados de diferentes nacionalidades y partidos se pongan de acuerdo en una cosa: su dimisión. Pero la Unión Europa, entidad fértil en prodigios, es ese lugar en el que pasa de todo sin que al final pase nada. Los defensores de Jeroen dicen que su único pecado es la sinceridad. La cuestión es que, si es sincero, también es xenófobo. De hecho, sus excusas, ligeras y desnatadas, se han centrado más en las formas que en el fondo de la cuestión. Le cuesta admitir el error. Y no es la primera gran equivocación que comete. Porque el altivo Dijsselbloem es el mismo hombre que hundió las bolsas europeas e hizo hervir las primas de riesgo al poner el rescate de Chipre como modelo para la zona euro. Cuesta imaginarse los improperios que habría lanzado el político si el bocazas que desató el pánico financiero hubiera sido un señor de Albacete.

A esta alturas de campeonato, no pocos ciudadanos españoles, italianos, portugueses y griegos estarán pensando que alguien está bebiéndose sus litros de alcohol. En cuanto al comentario del holandés sobre las mujeres, juega en otra Liga. En la Champions, concretamente. En Holanda, la ultraderecha también ocupa ahora mismo puestos de Copa de Europa. La segunda posición. Como para hacer gracias y pegar etiquetas.

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