Démonos un homenaje


Hoy, el día después de que los últimos descerebrados de ETA certificaran su desarme, quizás convenga reflexionar sobre cómo y por qué se ha llegado a esta situación y quiénes son los que deben llevarse el mérito de haber acabado con la banda de terroristas. Porque no vaya a ser que ahora aquel señor de bigote que nos habló del Movimiento Vasco de Liberación, o aquel otro que nos dijo que «dentro de un año estaremos mucho mejor» horas antes de que la T4 volara por los aires, o los arrepentidos, los negociadores y el mal llamado «hombre de la paz», quieran apuntarse el tanto.

El mérito es única y exclusivamente de las fuerzas armadas y de la sociedad. De la vasca y de la española después. El valor es de las víctimas que han perdido a familiares o viven con mutilaciones y cicatrices. Es de cuantos padecimos la amenaza, el pánico, la extorsión y la violencia de unos anormales que hicieron todo este recorrido de 2.472 actos terroristas y 825 muertos, para acabar tan derrotados y humillados como el ejército de Pancho Villa.

Por eso este fin de semana importantísimo en el calendario de la victoria inapelable de la cordura. Esa que supieron mantener los que perdieron a sus padres, hijos y amigos. Y, por supuesto, la de quienes combatieron en primera línea contra ella.

Los salvapatrias tratan de decirnos que el desarme etarra tiene escaso valor. No es cierto. Es el reconocimiento final y público de un fracaso humillante y bochornoso para quienes quisieron imponernos sus ideas a base de bombas y de tiros en la nuca. Por eso hoy debemos darnos un homenaje: a la resistencia, al sentido común y a la dignidad.

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