El orgulloso, el iluminado y el loco


Están tentando al diablo de la guerra. Ya andan por el capítulo de las bravatas. Estados Unidos quiere recuperar hegemonía mundial y quiere que se note. Ya hizo acto de presencia militar en dos de los grandes focos de tensión: Siria y el mar de Corea del Norte. En Siria, con un bombardeo por su cuenta, al margen de sus alianzas internacionales. En Corea, con su participación en unas maniobras y el envío de un portaviones para atemorizar al régimen personal que tiene dominado a ese país. Es la nueva seña de identidad de Donald Trump que, bajo la consigna de «primero, América», trata de demostrar con los hechos que Obama hizo una política débil y buenista, que debilitó a su propia nación. Se trata, pues, de acciones de orgullo nacional que contarán con algún respaldo internacional, como demostró el comunicado de la cumbre de gobernantes de la Europa del Sur, que calificó el bombardeo de Siria como «comprensible». 

Al otro lado, Rusia. El Gobierno Putin desarrolla una política que se podría considerar de nuevo imperialismo. Invadió y se anexionó Crimea sin encontrar oposición de la comunidad internacional. Muestra voluntad de recuperar algunos de los territorios perdidos con la desaparición de la Unión Soviética. Hay pruebas de su intervención en las elecciones de Estados Unidos y existen sospechas muy serias de que está detrás de los movimientos populistas que desestabilizan la Unión Europea. Varios países que tendrán elecciones a lo largo de este años trabajan en la detección de la larga mano rusa en la llamada guerra electrónica y en sus propios procesos electorales. Y ahora, el Pentágono está convencido de que aviones rusos participaron en los ataques con armas químicas. La tensión es tan alta, que Putin se niega a recibir a Rex Tillerson, enviado especial de Trump.

¿Cabe mayor ambiente de provocación? Sí, cabe que se pase de las palabras al incidente: que el enloquecido que gobierna Corea quiera lucir la eficacia de su armamento y pasar de las pruebas constantes a alguna agresión, y no hace falta que sea grande. Cabe que Trump vuelva a atacar en Siria y Putin responda con alguna de las represalias con que amenaza. Cabe que el régimen de Kim Jong-un esté deseando una provocación porque se siente «preparado para la guerra». Cabe cualquier cosa. No está claro quién tiene el barril de dinamita y quién la cerilla, pero quizá los tengan los tres. Y algo peor: el destino de la Tierra depende en este momento de un orgulloso americano dispuesto a demostrar la fuerza de su país; de un iluminado expansionista ruso que busca crecer sobre el debilitamiento de los demás, y de un loco coreano que solo sabe desafiar. Con menos ingredientes se desató una guerra mundial.

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El orgulloso, el iluminado y el loco