Recuerda, Marine


Vistieron a los niños. El más mayor tendría unos catorce años. El más pequeño, dos. Muchos ni siquiera sabían sus apellidos: «Soy el hermano pequeño de Pierre». Les dijeron que se iban de viaje, que en la última estación los esperaban sus familias. Extrañamente, no querían marcharse. Preferían quedarse con desconocidos. Durmiendo sobre el cemento. Subiendo y bajando esos ríos de excrementos que eran las escaleras. Más vale el miedo conocido, que el terror por conocer. «Les mentimos. Pero no nos creían. Sospechaban lo que iba a ocurrir», cuenta Odette. Ella era adulta. Estaba recluida en Drancy, en la periferia de París, cuando llegaron los pequeños. Verano del 42. Policías franceses los habían arrancado de sus casas. Después, de sus padres. Annette Muller recuerda a su madre arrodillada ante dos agentes, suplicando. «¡Deprisa! No nos hagas perder tiempo», le respondieron. El pequeño Michel, en cambio, solo estaba preocupado por no perder el primer día de escuela. A otros los encerraron en el Velódromo de Invierno. Ellos fueron enviados a Drancy. Pero su padre sobornó a oficiales galos para salvarlos. Otros 4.100 niños viajaron en vagones de mercancías durante dos días y dos noches hasta llegar a Auschwitz. Los primeros judíos llevados desde Europa occidental a la gran factoría de la muerte llegaron desde Francia. Los años no curan el espanto. «Sigo sin entender que los franceses hicieran algo así», afirma Michel. «Aún pienso en ello», dice Odette. Los pequeños. Marchándose para siempre.

Estas verdades tardaron en enseñarse en la escuela de la grandeur, que gustaban más de la resistencia. Las mentiras no lavan los pecados, son solo una burda mano de pintura. Recuerda, Marine Le Pen. Si mientes y te confiesas, puede que vayas al cielo. Pero no puedes borrar los infiernos.

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