La ciberguerra ha llegado


Sorpresa del día: el Parlamento británico sospecha que una potencia extranjera intervino en el referendo que dio lugar al brexit. Durante los últimos cien minutos para registrarse como votantes, el sistema informático permaneció bloqueado con ese aviso que suena tan familiar a quienes utilizamos un ordenador: «Inténtalo más tarde». No se sabe qué número de ciudadanos se quedaron sin votar ni, por supuesto, cuál era el sentido de su voto; pero hubo manipulación o injerencia; dados los avances tecnológicos de este tiempo, no es ilógico suponer que alguien intentó y quizá consiguió un pucherazo. Los autores del informe parlamentario no acusan a ninguna nación, pero citan de pasada a China y a Rusia.

Recordemos que sobre Rusia recae otra sospecha desde las últimas elecciones norteamericanas: su intromisión en la campaña y su aportación de documentación que perjudicaba a Hillary Clinton. Recordemos también que los centros de inteligencia de los Estados europeos tratan de confirmar la ayuda de Rusia a los populismos, porque a Rusia le interesa su triunfo para debilitar a una Unión miembro de la OTAN y aliada de Estados Unidos. Y anotemos el temor a que Rusia interfiera en la campaña de las próximas elecciones de Francia y Alemania. De hecho, ha llegado a plantearse la posibilidad del recuento manual, porque el electrónico está empezando a dejar de ser fiable.

El fenómeno es apasionante. Quede constancia de dos datos de reciente difusión: el año 2016 se produjeron 105.000 ataques cibernéticos en España, el doble que el año anterior. Y la OTAN sufre 500 ataques mensuales, que suponen un incremento del 60 %. ¿Quién o quiénes tienen ese poder de agresión? Si fuesen personas individuales, incluso empresas u organizaciones privadas, el problema sería importante, pero menor. Si se trata de naciones o Estados, estamos ante un desafío de dimensión incalculable. Rusia lleva muchas culpas, pero no es la única.

Hasta ahora nos asombraba que una sola persona, situada a miles de kilómetros y con la única ayuda de un ordenador, pudiera decidir el destino de miles de millones de euros en Bolsa. Ahora, una compleja, casi mágica, estructura de penetración en los sistemas informáticos de otras naciones puede decidir su futuro a través de la manipulación electoral. La acción ya tiene nombre: es la ciberguerra. Sus soldados, conocidos como hackers, asaltan todo tipo de establecimientos: empresas privadas y públicas, oficinas policiales, ministerios, centros militares… De su actividad como espías tenemos pruebas sobradas en los documentos extraídos y difundidos por Wikileaks. Y los autores de esas sustracciones no llegan ni a aprendices de esta alta escuela de manipulación.

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