Oviedo y el chollo de las tarjetas «blue»


A los ovetenses se les persigue con celo y entusiasmo para que paguen en los aparcamientos de zona azul. Aquí sí se ha invertido en I+D y lo otro, con coches patrulla como naves espaciales y parquímetros con pantalla de 20 pulgadas, que necesitan un cursillo de uso. El principio de pagar por usar el suelo público para aparcar un rato, aunque un poco kafkiano, no es malo en sí: ha echado de las calles a los vecinos jetas que se dedicaban a dejar su coche a la puerta de casa con tal de no esperar a que se levantara el portón de su garaje. En el centro es incluso necesario para que todo el mundo pueda acceder al aparcamiento en zonas comerciales y de servicios, y de paso reducir un tráfico excesivo. La falta de educación de unos pocos, como siempre, la pagamos todos.

Ahora vienen los peros: para empezar, el hecho de que durante años una empresa privada, otro chollo de Gabino de Lorenzo, se haya venido lucrando con los aparcamientos controlados y, como consecuencia, el uso indiscriminado de las líneas azules en lugares absurdos, mínimamente comerciales y muy alejados del centro. O sea, una expansión sospechosamente paralela a la pérdida de plazas por peatonalización. Resulta obvio que si en lugar del ayuntamiento hay una empresa externa que gana dinero, el dinero sale de algún lado.

En un alarde caciquil muy propio del «oviedín», ese ente anclado en el pasado que ya no tiene ni para pipas pero sigue queriendo comer gambas, el PP repartió unas cuantas docenas de las llamadas tarjetas blue, presuntamente para que aparcaran gratis los colegas de turno, los que entran en un bar y abrazan e invitan a todo el mundo y siempre se van sin pagar. Los amiguetes con doble o triple apellido, los que aún viven de lo que dejó su abuelo pero que va menguando como el algodón, los que a veces disfrutan incluso un buen puesto con enchufe y sueldo pero miden la vida en céntimos. Chulearnos a los demás unos euros de párking es de un cutrerío inefable, que produce más desprecio que indignación por lo miserable del robo. Es evidente el paralelismo provinciano, como de caricatura, de las tarjetas blue y las tarjetas black de los chorizos de Bankia, de tipos que en este caso ganaban sueldos anuales de seis o incluso siete cifras y aún así usaban su tarjetita en el súper. ¿Qué necesidad tenían? Habría que preguntarle a Rodrigo Rato como experto mundial, pero me arriesgo a apostar que el raterío y la imbecilidad van a menudo de la mano.

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