Testigo, no investigado


El espectáculo va a ser entretenido. Lo de menos es que el juez cite a Rajoy como testigo de la Gürtel. Lo importante es el cirio que se va a montar. Si acude personalmente al juzgado, habrá más cámaras que en el entierro de Lady Di. Intentarán acreditarse más periodistas que si Trump se entrevistase con el presidente de Corea del Norte. Y sería la imagen más exportada desde las celebraciones del Mundial de fútbol. Un presidente del Gobierno en activo sentado en el banquillo, aunque sea como testigo, es algo que no han visto nuestros ojos. Si Rajoy declarase por videoconferencia, el espectáculo sería menos llamativo, pero con parecidos efectos. Se puede aventurar un primer comentario fácil: el presidente ha vuelto al plasma.

Don Mariano Rajoy probablemente dirá lo que ha dicho siempre: que él no pagó ni cobró en negro; que no tuvo conocimiento de la existencia ni del manejo de una caja b; que, si la hubo, habrá sido de Bárcenas, o que cuanto hizo como dirigente del PP ha sido prescindir de quienes utilizaban a su formación política para enriquecerse. Quizá eso es lo que anuncia la fiscal cuando califica la declaración como «ni útil, ni necesaria, prescindible y reiterada». Y quizá eso sea lo que remarca la Abogacía del Estado cuando niega que el señor Rajoy haya tenido participación en la gestión de los contratos del escándalo. Pero ¿qué importa lo que diga? Importa la explotación de la llamada a declarar. Ahí tienen a Pablo Iglesias, que inaugura la pirotecnia rentabilizando el tramabús: «La citación es una muestra más de que existe una trama».

A la vista del ambiente, ¿debió el tribunal aceptar la petición de una de las acusaciones particulares? Yo creo que sí. Todo lo que sea aportar testimonios para esclarecer uno de los grandes escándalos de corrupción pendientes de juicio será luz que se arroje. Toda la colaboración que el presidente pueda prestar a la Justicia será un servicio a este país. Y será una especie de prólogo a lo que tendrá que declarar en la comisión de investigación del Congreso de los Diputados.

Lo que está sin explicar es por qué el mismo tribunal negó dos veces esa comparecencia y ahora la acepta sin que nada haya cambiado. Lo que llama la atención es que se produzca la misma situación que con la infanta Cristina: la coincidencia de defensa, Abogacía del Estado y Fiscalía frente a una acusación particular. Lo que podemos aventurar es que, si había un proyecto de reducir el papel de las acusaciones particulares, ahora será más difícil hacerlo porque parecerá una venganza.

Y en lo que hay que insistir es que el presidente declarará como testigo, no como investigado ni mucho menos como acusado. Me temo que habrá que recordarlo más de una vez.

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