Estamos empapados


Como la gripe aviar o la plaga de la polilla guatemalteca de la patata, la corrupción se extiende silenciosamente a las más trascendentales instituciones del Estado. Llega a todos los rincones, lo impregna todo, lo contamina todo y amenaza con hacerse fuerte porque tampoco es que estemos poniendo todos los medios para erradicarla. Y a no mucho tardar, puede llegar el día en que ya nos resulte imposible derrotarla.

Nos creíamos que el soborno y la corruptela era cosa de unos cuantos empresarios y otros cuantos políticos. Y en esa creencia estuvimos hasta hace algún tiempo, cuando ya vislumbramos que la cosa tenía visos de ser mucho más seria. Las últimas semanas acabaron con nuestra inocencia. Uno no puede evitar estremecerse al saber que desde el despacho del ministro Rato se hicieron turbios negocios; o que el fiscal anticorrupción trató de frenar una investigación para favorecer a un imputado. Y el estremecimiento es aún mayor al conocer que un juez alertó del seguimiento a la familia González y que quien hoy se encuentra entre rejas tuvo un «encuentro muy interesante que no puede contarse por teléfono» con un secretario de Estado. Por si todo esto fuese poco, aparece el compi yogui y hasta se sospecha de Zaplana, otro ministro; otro empresario, el insigne Villar Mir y de la delegada del Gobierno en Madrid, Dancausa.

No solo resulta difícil de explicar, sino de entender cómo fuimos capaces de llegar hasta aquí. Podemos tener fe ciega en jueces y fiscales para acabar con este bochorno, pero ellos solos van a ser incapaces de hacerlo. Porque la corrupción ya la tenemos incrustada en nuestro sistema democrático; en las más importantes instituciones. Estamos empapados de lodo y cochambre.

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