Los graves avisos de las urnas francesas


No quisiera que el diluvio de porquería que inunda la política española nos hiciese perder de vista los serios avisos que las elecciones francesas le envían a nuestro país y a otros de la Unión Europea. Para empezar, han sido el comienzo formal de un cambio posiblemente histórico en las bases que sostienen a los regímenes vigentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante más de medio siglo, Francia ha sido un ejemplo vivo de sistema bipartidista, donde los partidos Conservador y Socialista se alternaron en el poder, sin que las demás fuerzas políticas, ni el PC ni el Frente Nacional, constituyeran una amenaza para su hegemonía. Esa tradición se ha roto. Las dos fuerzas siempre mayoritarias no obtuvieron siquiera los votos necesarios para concurrir a la segunda vuelta. El Partido Socialista sufrió un batacazo descomunal, parecido al Pasok griego, y se queda como un partido testimonial, con el 6,4 por ciento de los votos.

¿Y quiénes han sido los triunfadores? Por el centro, un político llamado Enmanuel Macron, que concurrió a las elecciones sin aparato de partido, sin siglas que le respalden y sin más equipo de campaña que un grupo de amigos que creyeron en él. Nadie es capaz de definir su ideología, que recuerda a aquella UCD inicial de Suárez que pregonaba desde los carteles: «Lo bueno de la izquierda, lo bueno de la derecha», eslogan repetido por Macron cuarenta años después.

Por la izquierda, apareció otro torbellino, Mélenchon, que se convirtió en líder en unas pocas semanas. No pasó a la segunda vuelta, que ese honor le corresponde a Le Pen, pero fue el triunfador moral. Consiguió aglutinar a los indignados. Recogió el fruto del descontento provocado por la crisis. Y su hazaña es la que en nuestro país espera Podemos: dar el sorpasso al Partido Socialista como primer peldaño para convertirse en partido de gobierno. Si Le Pen hubiese conseguido un punto porcentual más de votos y Mélenchon tres puntos más, Francia oscilaría hoy entre los extremos y Europa sería una catástrofe.

Esa es la importancia de los comicios del domingo. ¿Qué mensaje nos envían? Que hay un hartazgo tremendo de los viejos partidos; que hay un descontento generalizado con el sistema que empieza a tener reflejo en las urnas; que es cierto que el modelo representativo actual está en crisis; que los ciudadanos demandan nuevas formas y nuevas soluciones; que importa mucho la credibilidad de un líder cuando falla la credibilidad de los partidos; que se tambalea el edificio de las convicciones de que hemos vivido hasta ahora y que, desde luego, o el socialismo se refunda o desaparece. Y atención: lo que ha ocurrido en las elecciones francesas siempre ha terminado por ocurrir aquí.

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