Una víctima del laicismo


Hay en España una víctima del laicismo desaforado. Quién lo iba a decir en un país en el que su calendario laboral se organiza en función de festividades religiosos (católicas), que aún acompaña la toma de posesión de sus cargos de los ministros con biblias y crucifijos (católicos), que mantiene el acompañamiento de las procesiones (católicas) con militares y guardias civiles con uniforme oficial, que de hecho pone las banderas a media asta en sus cuarteles en Semana Santa y que incluye una mención singular a una religión (la católica) en su Constitución vigente. Lo curioso, lo irónico de este asunto, es que esta víctima del laicismo lo es por la negativa de la Iglesia Católica a cumplir un mandato del Tribunal Constitucional y dos del Tribunal Supremo.

Resurrección Galera era profesora de religión católica en una colegio de Almería y fue despedida por casarse (por lo civil) con un hombre divorciado. Han pasado 16 años desde entonces y todas las sentencias han sido a su favor, pero hay bula para que el obispado se niegue a admitirla. Al fin y al cabo, el peculiar sistema de elección del profesorado de religión se basa en la concesión de la idoneidad por parte del clero y el pago de los salarios y la satisfacción de los derechos laborales a cuenta del Estado. Los tribunales le han reconocido a la maestra estos últimos, con la necesidad de cobrar los salarios dejados de percibir y también la reincorporación a su puesto. Pero para que el obispado se niegue a hacerlo es necesaria la complicidad del Ministerio de Educación ¿y cómo la ha justificado? En nombre del laicismo nada menos.

Con un descaro de proporciones bíblicas, una exhibición de morro capaz de derrumbar las murallas de Jericó, una desfachatez del tamaño de la apertura de las aguas del Mar Rojo, así ha dicho el Ministerio que no puede meterse ni interceder en la negativa del obispado de Almeria a cumplir con estas sentencias por el «principio de laicidad» que establece la «total independencia» del Estado y de las confesiones religiosas. Es un giro magistral de los acontecimientos, un episodio único en nuestra historia, esa en la que los gobiernos conservadores pelean con uñas y dientes por cada minucia en la constante concesión estatal a la fe católica; mientras en cada debate se esgrime a grandes voces que no es lo mismo ser «aconfesional» que «laico», que eso es cosa como muy extremista. Hete aquí que la laicidad aparece, deus ex machina, para no tener que contradecir a los prelados.

Nos hacemos cruces, esto es un milagro.

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