Llorar, mamar y ser nacionalista


Que no se me enfade el profesor Blanco Valdés, pero los nacionalismos son rentables en el Parlamento español. Rentables para sus territorios, quiero decir. Y bastante rentables para el Gobierno nacional, porque cuando no se meten en fundamentalismos soberanistas, son los que permiten gobernar. Lo hemos comprobado cuando el PP o el PSOE carecían de mayoría y tuvieron que echarse en sus manos. Y hoy lo volvemos a comprobar con el acuerdo con el PNV sobre los Presupuestos Generales del Estado, no cerrado cuando escribo estas líneas, pero que todo el mundo da por seguro. Como siempre, el Gobierno se habrá dejado algún jirón de soberanía, pero puede presumir de sacar adelante las cuentas públicas. Y hasta puede presumir de que la corrupción no le impide tener amigos… previo pago de su importe.

Algún día habrá que sacar la calculadora económica para saber cuánto nos ha costado la estabilidad. Y habrá que sacar la calculadora política para hacer balance del coste en materia de unidad nacional. Pero esto es lo que dijo Martínez Maíllo: los pactos, como los sellados con Ciudadanos, son lentejas. Los nacionalistas saben que pueden pedir lo que quieran, salvo el acercamiento de presos, que un Gobierno en estado de necesidad terminará por ceder en el Cupo, las inversiones e incluso en la ampliación del autogobierno. Y, en el caso actual de Rajoy, más todavía, porque no quiere que la Europa que ahora tanto le admira le pierda el respeto por falta de socios o por impotencia para hacer los presupuestos.

Con lo cual, ¡qué envidia de las comunidades autónomas que tienen partidos nacionalistas no radicales y los saben utilizar! Ahí tenemos a Coalición Canaria, con una sola diputada en el Congreso, pero con enorme poder; un poder tan grande, que hizo que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría viajara a las islas para que le pidieran por su boca, que ella diría que sí. Por el escaño de la nacionalista señora Oramas, Canarias bien vale un viaje. Para mover los cinco escaños del PNV intervino el propio presidente Rajoy, porque solo él puede ceder lo que se habrá cedido.

¡Pobres, en cambio, las regiones que no tienen esos partidos! Nunca podrán soñar con un trato especial, sin hablar de privilegios. Nunca podrán arrancar nada diferente del poder central, porque dependen de los partidos estatales y sus estrategias. No podrán siquiera levantar la voz y amenazar con «un gran follón» como hizo el gobierno valenciano para que el ministro de Fomento viaje allí, a prometer que el año que viene tendrán un trato mejor. De esta forma, el Estado es el gran promotor de los nacionalismos. Los convierte en defensores del pueblo. Es decir, en defensores de su nación. Y no quiero señalar.

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