Conflicto, porno y un toque sindical


¡Qué felicidad! No somos Turquía y en nuestro Primero de Mayo no hay cargas de la policía, ni detenciones, ni heridos. ¡Qué tranquilidad! Los análisis de esa fecha y su validez hablan del desgaste de los sindicatos, no de los problemas que hacen salir a la gente a la calle. ¡Qué sosiego para el Gobierno! Año a año comprueba que hay más personas dispuestas a disfrutar el puente que a salir a manifestarse y poner a caldo a los ministros, a los empresarios y al capitalismo en general. ¡Qué miedo!, piensan el mismo Gobierno, los empresarios y el capitalismo: los oradores de ayer anunciaron que va a crecer la conflictividad por la razón que podíamos suponer: mientras los trabajadores pagaban la crisis, «los de siempre» se enriquecían y algunos se ponían las botas de tanto robar.

Entre esas palabras, presencias y emociones pasó el Primero de Mayo del 2017: seguimiento discreto, más motivos para reflexionar sobre el llamado «músculo sindical», quejas por la realidad económica y social -yo esperaba más- y tono reivindicativo tradicional. Solo hubo tres novedades llamativas: la moción de censura que Pablo Iglesias se encargó de colar en la manifestación de Madrid, el reconocimiento de la mejoría económica que no llegó a los sectores más castigados y la sombra de la corrupción; de la «corrupción pornográfica», como Fernández Toxo la calificó.

Si los discursos sindicales sirven para algo, en la dirección del PP han de saber que sus escándalos ya no son un fenómeno solo mediático y judicial; son un motivo para agitar el descontento de la sociedad. Los mensajes de ayer quisieron marcar el límite de la tolerancia. (Paréntesis: espero que no hayan olvidado que los sindicatos no son un gran ejemplo para denunciar la falta de ética de los demás. En los últimos tiempos no fue indiscutible su financiación, ni su papel en el reparto de los fondos de formación, ni su falta de denuncia del escándalo de los ERE de Andalucía, y los representantes de Comisiones y UGT en el Consejo de Caja Madrid utilizaron las tarjetas black como sus compañeros de derechas. Todo eso también fue pornográfico).

Al final, me quedo con lo pedido por los sindicalistas gallegos, según leo en la edición digital de La Voz: «Una política que piense en las personas». ¿Y qué es esa política? Aquella que hace saltar a un gobernante de su silla cuando lee la estadística de gentes en el umbral de la pobreza; aquella que no contabiliza como éxito el contrato laboral de un día; aquella que se sobresalta cuando un parado se queda sin protección social; aquella que se fija más en las necesidades de una familia que en una décima del PIB… Es decir, algo que tardaremos mucho en ver. Hoy el éxito es el PIB, no la igualdad social.

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