¿Quién es el demonio?


Marine Le Pen no puede explicar cómo va a pagar su abaratamiento de medicinas, sus gendarmes, sus jueces y sus nacionalizaciones de fábricas. Aunque mire de reojo su abundante cosecha de notas, es incapaz de aclarar cómo funcionará Francia con una doble divisa, una para los monederos menudos y otra para las grandes cuentas. Y, a pesar de nombrarlo con una sonrisa, es posible que Charles de Gaulle esté revolviéndose en su tumba.

Ante las dificultades de defender el programa propio, Le Pen se centró en otro objetivo: Emmanuel Macron. Dijo de él que es el candidato «de la inseguridad, la brutalidad social de la guerra de todos contra todos, la devastación económica, la masacre de Francia». Incluso le adjudicó algún muerto ajeno. Lo acusó de haber vendido la empresa de telecomunicaciones SFR cuando era ministro. Pero el que ocupaba la cartera en aquel momento era Arnaud Montebourg. Un pequeño detalle. Queda dicho.

Cuando Ségolène Royal se enfrentó a Nicolas Sarkozy en el debate, el hecho de que ella desconociese el dato de la dependencia de Francia de la energía nuclear sirvió para cuestionar su capacidad. Habrá que comprobar si, como sucedió con los estadounidenses, la piel es más fina debido al sufrimiento por la crisis, y el estómago, sin embargo, es más duro para digerir determinadas mentiras o verdades a medias.

Macron no supo sentenciar a una oponente de extrema derecha y ultra en generalidades, con todo lo que eso supone. Le Pen dejó alguna frase para la historia, del tipo: «Yo no sé nada de eso, pero usted fue ministro de Economía». Ella sigue intentando traspasarle su ropaje a su oponente en las presidenciales. En Francia explican que en los últimos tiempos es como si el Frente Nacional hubiera sido sometido a un exorcismo. Ya no es diabólico. Entra dentro de los cánones de la República. El demonio, para los frentistas, es Macron. El hombre de la banca, de las conspiraciones. En tiempos de ira, un blanco apreciable.

Le Pen incluso llegó a hablar de lo «vergonzosa» que era la cifra de víctimas del terrorismo durante los últimos años. Hablaba con una soberbia similar a la de Alberto de Mónaco cuando, como ponente del Comité Olímpico Internacional, le restregaba a España lo vulnerable que era ante los ataques terroristas y apoyaba los Juegos de Londres (justo un día antes de los atentados en la capital británica).

Ya lo dice una vieja frase: «El truco más grande que el diablo jamás hizo fue convencer al mundo de que no existía». Está por ver, tras el debate, quién se queda con la etiqueta.

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