La fuga de Mortera


Parece que Alberto Mortera, exconcejal exsocialista es también ahora exempleado de Gabino de Lorenzo, a su vez exalcalde y casi expolítico. La trayectoria del inefable Mortera es una de las más singulares de la política local. Mortera se crió en la izquierda convencida, la de la zona rural de Oviedo, y aunque se licenció en Biología -una especialidad bien extraña para un ser político nato-, se crió en las faldas de la AMSO. Desde muy joven militó en el PSOE y tuvo cargos de dirección general en dos o tres gobiernos del Principado; después recaló en la pecera de pirañas de la agrupación socialista por detrás de Álvaro Cuesta y de otro panzer de la cosa local, Avelino Martínez. Años duros de seis concejales en una cámara de 25. Cuesta casi vivía en Madrid y estaba demasiado lejos simbólicamente de un Oviedo que sufría el agobio del primer gobierno absoluto de De Lorenzo; Martínez, demasiado cerca: veía todo y todo lo combatía, los árboles, el bosque y lo que había más allá, pero tal vez no atendía a lo que ocurría entre sus colegas.

Mortera, el de la figura alta y desaliñada, parece no haber cambiado mucho físicamente pese a la intensa travesía política que atravesó. Poseía la cabeza mejor amueblada del ayuntamiento, incluidos propios y extraños, si exceptuamos tal vez las de Marianela y Ana Rivas. Y eso le trajo, naturalmente, muchos problemas y enemigos tontos pero dañinos. La AMSO era un nido de traidores, de envidias, rencores, espías y advenedizos. Mortera no quiso o no pudo plegarse a la mediocridad del momento y cometió el pecado de la crítica: ahí empezó su caída (o subida) en espiral. De Lorenzo, como buen zorro que es, vio la brecha y se tiró a fondo; respescó al resentido y con ello mató dos pájaros de un tiro. Descabezó aún más al PSOE y de paso se hizo con el único que de verdad sabía de Urbanismo e Infraestructuras en el consistorio. Un área especialmente delicada después de la barra libre y los desmanes del PP desde mediados de los noventa.

Mortera se vendió al diablo, desde luego. Llámenlo traición si se sienten más melodramáticos. Yo creo que fue una venganza. Su fuga supuso un doloroso terremoto en el PSOE para quien era lo suficientemente listo. La etapa de Carreño, más triste que un domingo de otoño por la tarde, tenía que acabar necesariamente en desastre. Mortera se subió al carro de la venganza y bien que se vengó, aunque debió de costarle no poco disgusto personal y familiar. Un día, hace años, me llamó para decirme que me equivocaba, que las cosas no eran como yo creía. Pero la convicción era demasiado escasa para tomárselo en cuenta. Fue la última vez que hablamos, una vez que se pasó al lado oscuro.

Ahora su asociación con De Lorenzo, que se lo llevó a su vez en su propia fuga hacia las aguas menos peligrosas de la Delegación de Gobierno, ha concluido. Era una etapa que duró demasiado y no tenía visos de ir mucho más allá. Mortera sigue siendo un apestado tanto en el PSOE como en su actual partido, el descompuesto PP local. Su carrera era inviable y, creo, ha tocado fondo. Un desperdicio de capacidad en una época en la que los talentos son un bien muy escaso.

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