Demasiada euforia


Ahora que ya hemos brindado por la victoria de Macron en Francia convendría que enfriásemos nuestra euforia y analizásemos con mayor realismo y frialdad los resultados que los franceses nos dejan en las urnas. Porque está muy bien eso de que barrimos al fascismo y salvamos Europa y demás zarandajas, pero la realidad es bien distinta.

La consulta del domingo nos deja cifras estremecedoras. Ahí a nuestro lado, hay once millones de ciudadanos que apoyan el racismo y la xenofobia. Son la mitad de los que respaldaron a Macron, cierto, pero el doble de los que hace solo quince años apoyaron a papá Le Pen. El crecimiento ha sido tan espectacular que habrá que estar precavidos para las legislativas de junio y para las próximas presidenciales; porque el peligro sigue ahí.

Pero es que además Europa no está a salvo. La victoria de Marine le habría dado un hachazo al proyecto, o lo que sea, europeo, pero estamos donde estábamos. Que es en la indecisión, la división, y la ausencia total de proyecto. Y repleta de personajes escépticos cuando no antieuropeístas. La Europa que agoniza desde hace tiempo no se ha salvado el domingo; sigue estando, como estaba el sábado, en el mismo peligro de fracasar. Así pues, dejemos la euforia para mejor ocasión.

Lo que hicieron los franceses fue rechazar, de momento, el fascismo y el populismo barato. Que no es poco. Pero no por eso nos volvamos locos de entusiasmo.

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