Reverenda madre Ferrusola


Siempre me pareció que doña Marta Ferrusola era un alma de la caridad. La veía en la tele al salir de su casa regalando joyas documentales a los periodistas, como el día que literalmente los mandó a la mierda, con mucha más contundencia que Donald Trump, que en esto de mandar a la prensa al excusado parece el no va más y no conocen a nuestra Ferrusola. La he visto también ante el Parlamento catalán diciendo aquello de «no tengo ni cinco», y me entraron unas ganas incontenibles de enviarle algo de dinero para que la familia pudiese comer al día siguiente.

Un alma de la caridad. De la caridad dispensada y de la caridad merecida. Digna esposa de un prohombre como su ilustre don Jordi y regida por el mismo principio de austeridad. De austeridad monacal, como se desprende de los documentos aportados por la UDEF al sumario. Lo que pasa es que hay dos Martas Ferrusola y nosotros solo conocemos a una: la que tenía una empresa de jardinería y otras actividades mundanas que nunca serán reconocidas como mérito para ganar el cielo, y la otra, la piadosa, la monja, la que se pone por las noches el hábito y la toca, reza y se mortifica. A esta la veremos en el santoral.

Debo confesar y confieso que ha sido una gratísima sorpresa descubrir a esa segunda Marta y, más todavía, descubrir que es la «madre superiora» del convento o la congregación, quizá del convento y la congregación. De hecho, esas imágenes en que la vemos en su casita del Pirineo no es lo que parece. Es su retiro para los ejercicios espirituales, donde la parte más selecta de la congregación medita dónde colocar los misales. Y cuando la vemos salir de casa con su bolso a lo reina de Inglaterra va disfrazada de civil, porque su natural, casi proverbial, modestia la impide mostrar lo que mejor ocultó toda su vida: que es una sierva del Señor. Del Señor Dinero.

Supongo que, cuando el juez le pregunte para qué querían tanta pasta, casi cuatro millones el matrimonio, 69 el conjunto de la congregación, sabremos también la otra verdad: que estaban ahorrando para levantar nuevos conventos y para socorrer a los pobres y dar techo a los sintecho y proteger al desahuciado. Han cumplido y cumplen una de las obras de caridad que reconoce nuestra religión: dar de comer al hambriento y de beber al sediento. El resto son habladurías de guardias y jueces, esos cotillas.

Yo, a partir de ahora, le llamaré «reverenda madre» y le pediré al papa que, cuando venga a España, la incluya en su lista de audiencias. Una cristiana así, tan pobre en la realidad y rica en los papeles del «qué coño es la UDEF», merece el reconocimiento del papa. El papá ya se lo hizo cuando también le dejó una herencia llena de andorrana espiritualidad.

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