Nos han mentido demasiado


Enternecedor. Es el calificativo que se me ocurre para el secretario de Estado de Seguridad, señor Nieto, que ayer hizo un pequeño circuito mediático para vender su verdad. Sabe que no le creyeron en la Comisión de Interior del Congreso cuando explicó su entrevista con Pablo González, el hermanísimo de Ignacio. Sabe que es muy difícil explicar las casualidades que coincidieron en torno a esa entrevista: la conversación de los hermanos González, muy interesados en cómo llegar al número dos de Interior; la grabación posterior de una llamada telefónica del tal Pablo; la mala suerte de recibirlo en un momento sospechoso… Y el señor Nieto reescribió su forma, no el fondo, de contarlo y salió a predicarlo. Resultó, me apresuro a decirlo, bastante más creíble que en el Parlamento, pero que no se haga ilusiones: en estos asuntos, el que se niega a creer no cree jamás.

Quizá sea uno de los problemas más serios del momento: la falta de credibilidad de la clase dirigente, no solo la política. Es que nos han mentido demasiado. Han hecho de la mentira y el engaño su refugio. Mintieron los gobiernos en casi todos los órdenes de su actividad. Mintió la oposición al exagerar y a veces inventar sus críticas. Mintió la banca en la crisis financiera y hubo que examinarla como si fuese un mal alumno. Mintieron las cajas de ahorros, y Caja Madrid ha sido el gran engaño financiero del siglo. Mintió la Iglesia sobre el sexto mandamiento cuando muchos de sus clérigos abusaban sexualmente de menores… No hacía falta descubrir la posverdad para certificar el imperio universal de la mentira.

Y ahora están ahí sus efectos: ese secretario de Estado que mendiga una limosna de crédito; esos ministros que pasan por manipuladores de los datos y las instituciones que manejan; esos fiscales que, para ser creídos, tiene que defenderlos el presidente del Gobierno, que también lo es de un partido que tiene a muchos dirigentes históricos en manos de los fiscales; esa comisión de investigación montada en el Parlamento catalán y desmontada en 24 horas; esa realidad escandalosa que salta todos los días y resulta tan increíble y bochornosa que a veces parece inventada… Toda España parece una gran ficción.

¿Son conscientes las clases directivas de ese déficit? Yo creo que no. Si lo fuesen, no huirían de los micrófonos cuando no tienen preparado su discurso de evasivas. Si lo fuesen, no se comportarían ante las cámaras como delincuentes que ocultan sus caras. Y si lo fuesen, cuidarían más sus documentos públicos, para no caer en los errores de los últimos de la Fiscalía Anticorrupción. Pues sépanlo: están atravesando una gravísima crisis de credibilidad. Y así no es posible ningún apoyo popular.

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