Fronteras


Nunca voy a estar seguro. Este país ahora es así. Se lo decía Emmanuel Macron a su equipo durante la campaña, intentado convencerlos de que en Francia es inevitable correr riesgos. Es necesario «para no acabar como François Hollande», fagocitado por la pesada cuestión de la seguridad. Y obligatorio para poder vivir. En Europa, los atentados terroristas son the new normal. El pánico infiltrado en lo cotidiano. El frutero no se espanta ante el trío de agentes con fusiles que sube por su calle. Se asume con naturalidad que un ejército de furgones policiales aparque en paralelo a la cola de personas que van a asistir a la noche electoral de Macron para levantar una especie de muro frente a cualquier vehículo descarriado. Se digiere la explicación que se les da a los periodistas por su larga espera: «Hemos tenido tres alertas». Lo normal.

Lo fantástico, en el sentido de irreal e imaginario, es asegurar que los ataques se desvanecerán con un chasquido de dedos o con una simple papeleta electoral. Porque, más allá de los cebos patriotas y emocionales, mercaderes del brexit vendían una lluvia de millones sanitarios (Nigel Farage reconoció la mentirijilla a mañana siguiente del referendo) y aseguraban que el portazo a la Unión Europea dejaría al otro lado a los yihadistas. El artículo 50 del Tratado de Lisboa ha sido activado. El Reino Unido va camino de esa arcadia feliz de Boris Joh?nson. Pero ha sufrido una nueva masacre. Perpetrada por un británico. Hijo de libios, aunque nacido y criado en Manchester. No es uno de los refugiados que el UKIP y el Frente Nacional le adjudican a Alemania. Él cruzó fronteras. Pero interiores. Para instalarse en el territorio de los monstruos. Para eso no hace falta cambiar de país.

Valora este artículo

0 votos

Fronteras