Directivas de vergüenza ajena


Tan tranquilo como ante un penalti cualquiera, avanzando como en un pasillo de honor por un título, completó unos metros de trámite mientras escuchaba a su alrededor gritos de «Messi campeón, Messi presidente». Con una escena berlanguiana comenzó su declaración en otoño del 2013 el futbolista argentino, acusado entonces del fraude fiscal por más de cuatro millones por el que ahora le condenó el Supremo. Solo por debajo de los vítores se colaron aquella mañana en Gavá algunos reproches por «chorizo». Una estampa penosa, que confirmaba la tolerancia a la corrupción en un país demasiado habituado al mangoneo.

Pero más vergüenza ajena da el papelón de las directivas del Barcelona ante cada escándalo de Messi. Como otras veces, al último revés judicial le sucedió una nota de «apoyo» del club. ¿Y una compensación en el siguiente contrato para que no se resienta su bolsillo de su puesta al día con la justicia? Todo por no incomodar al tipo que debe estampar dentro de unos días su firma para ampliar su vínculo con el equipo. Porque quien no apoya a Leo sin fisuras, no sale en la foto. Lo saben los directivos purgados por tibiezas al hablar del argentino.

O quizá no sea más que solidaridad entre condenados por la justicia. Abundan en el Barça las penas de prisión entre quienes pisan moqueta. El apoyo se amplifica por el entorno, en un discurso infantil y victimista. La justicia actúa para debilitar al Barça. Ay, el centralismo. Lo escribió Félix de Azúa al ver la independencia como un simple pulso para controlar todos los resortes del poder. «¿Tribunales Supremos a mí? ¡Anda ya, españolito alpargatero! ¡Aquí mando yo, o sea, el Pueblo Catalán Carolingio!».

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