Una distancia sideral


¿Sabía el señor Puigdemont que nadie del Gobierno respondería a su oferta-petición-exigencia de diálogo en la conferencia que pronunció en Madrid? Naturalmente. Lo sabíamos todos. ¿Sabía el señor Puigdemont que Rajoy se negaría a iniciar una negociación sobre el referendo que el Gobierno catalán tiene proyectado? Por supuesto: estaba anunciado por el propio presidente. Entonces, ¿por qué se molesta en escribir una conferencia de 25 minutos y en redactar una carta cuidando cada palabra, porque esa carta es un documento que figurará en los archivos? Ninguna duda: para decir a sus votantes: «Yo lo intenté, yo tendí la mano, yo mostré mi mejor disposición, pero Madrid sigue obstinado en no escuchar a Cataluña ni atender sus demandas legítimas, amistosas y leales». Entiende que así queda legitimado ante Dios, ante la historia y ante su pueblo para convocar la consulta. 

El señor Rajoy asume el precio de quedar ante los soberanistas como un autoritario que impide al pueblo catalán ejercer su derecho a votar. Ese es el lenguaje que se utiliza en Cataluña: el Madrid más sórdido y opresor se ampara en la ley, pero la verdad es que quiere impedir a los ciudadanos que ejerzan un derecho democrático tan elemental como el de poner unas urnas a través de las cuales puedan ejercer su sagrada libertad de expresión y pronunciarse sobre su propio destino. Así se simplifica y se hace demagogia con algo tan serio y solemne como la creación de un Estado y la desmembración del Estado original. Y hay mucha gente -las encuestas dicen que la mayoría- que creen ese discurso y lo defienden con absoluta pasión. Otra mucha gente fuera de Cataluña empieza a estar de acuerdo en que un referendo es la única solución del contencioso.

Ese es el estado de la cuestión en un vistazo genérico. El cruce de cartas entre los dos presidentes confirma lo temido: la distancia entre ambos es sideral. Ya no existe posibilidad alguna de entendimiento entre quien entiende el referendo como un derecho básico y quien lo entiende como una amenaza a la convivencia, que son los términos utilizados por Rajoy. Ahora solo falta un detalle: ver qué instrumentos -legales o de fuerza- utilizará el Gobierno central para impedir que se pongan las urnas y que al mismo tiempo no se produzcan conflictos de orden público.

Es el equilibro más difícil al que se puede enfrentar hoy un gobernante de la Unión Europea. Las últimas expresiones de ministros (que hablan de «golpe de Estado») y del presidente (que compara los proyectos de desconexión como algo nunca visto «ni en las peores dictaduras») suenan como la preparación psicológica y política para la confrontación. Creo que los demás ciudadanos debemos prepararnos también.

Ya no existe posibilidad alguna de entendimiento entre quien defiende el referendo como un derecho básico y quien lo entiende como una amenaza a la convivencia

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